Teoría que otorga primacía al individuo respecto a la colectividad
El tejido social es un organismo viviente, complejo y muy delicado, que se desarrolla en el tiempo a partir de las interrelaciones de sus partes, es decir de los contactos que se establecen entre sus miembros. No es una sociedad un agrupamiento “aislado” de individuos.
Cuando la idea del “bienestar personal”, o de la salud personal, o de la salvación personal, priva sobre la noción del grupo o del conjunto, nos hallamos en un grave problema de cohesión. No alcanza con que cada una de las piezas de un motor estén cuidadas, limpias, en perfecto estado. La relación entre esas piezas es lo que va a hacer funcionar el sistema.
Si bajo la falsa y vanidosa idea de creer que al salvarse uno, se salvan todos, aceptamos sin resistencia el no poder asistir a nuestros seres queridos enfermos, el no poder estar en los nacimientos de nuestros futuros hijos; cuando renunciamos tan fácilmente al abrazo, al saludo, al cuidado del otro por el temor a vernos “contagiados” y poner en peligro “nuestra existencia”, hemos entonces asumido y dado la bienvenida a la Edad del Individualismo.
No puedo imaginar a ninguno de las personalidades que forjaron nuestra sociedad aplicando tal tipo de actitudes. Habrá pensado San Martín en su salud al decidir cruzar los Andes? (encima para liberar a un pueblo vecino). Qué clase de “representantes” estamos dispuestos a asumir como conjunto? Queremos seguir siendo tratados como adolescentes que además de ser asustados con algún “cuco” de turno, pretenden manejar nuestro modo de relacionarnos?
Que la vida es riesgosa? Pues claro que sí. Que los individuos se mueren? Pues claro y otros nacen para producir un recambio generacional de ideas, de nuevas maneras de ver el mundo.
Como el náufrago que se aferra a un resto de madera para sobrevivir, qué haríamos si apareciera otra persona a nuestro lado a punto de ahogarse? Lo abandonaríamos para aislarnos y así salvarnos? Trataríamos de compartir la madera aún a riesgo de morir? La respuesta que cada uno tenga a dicha pregunta va a marcar el perfil de los tiempos venideros. Puede ser que podamos salvarnos individualmente. Lo que está claro es que una suma de individuos no va a formar nunca una sociedad.
Queridos “representantes” sepan que vuestra actitud individualista, paternalista y miope, en lo personal NO ME REPRESENTA!!!!
Usar el pensamiento lógico simplemente para agudizar “el registro” de la intuición y del sentir. Y ser capaces de suspender su actuación en el momento en que del registro puro y simple, el pensamiento comienza un rápido proceso de “interpretación” de dicho registro, identíficándose luego con dicha interpretación. Finalmente se genera un falso concepto de identidad basado no ya en el registro sino en la interpretación del mismo. Eso nos permite eludir la responsabilidad de dicha interpretación, ya que ahora, la interpretación tomó el lugar de la percepción. El afuera entonces es “esa interpretaciön” y deja de ser el detonante que generó la percepción. No exhonera, de algún modo del proceso creativo.
La interpretación, pretende así apropiarse del campo de lo creativo y lo espiritual y llevarlo al terreno impropio de la lógica. El pensamiento racional tiene una función muy importante a la hora de la resolución de situaciones prácticas, enumerativas, funcionales. En el momento en que interviene en el campo de lo sensible se produce una disfunción que generará fricción y consecuentemente malestar y confusión.
Los sistemas religiosos han operado en ese sentido y de allí su general descrédito en occidente. Sin embargo, la religiosidad sigue vigente y activa en todo el mundo. En definitiva la necesidad de ritualizar la experiencia es uno de los caminos que nos permite superar la mera “percepción” y alcanzar un tipo de “trascendencia” (en el sentido de trasponer lïmites -los de la materia- para alcanzar otros terrenos -los de lo sensible) que nos reponga en la existencia.
Solo puede haber creatividad en el momento en el que el pensamiento, luego de haber hecho una recolección de estímulos, se suspende para dejar que el interior se conecte con aquél obejeto, situación, lugar que los detonó. El exterior siempre es un eco, en materia, de aquello inmaterial e interior que nos mantiene.
Prólogo
Como suele ocurrir con aquellos hechos de nuestra vida que tratamos de recordar, nunca sabemos con certeza cuánto de lo expresado se ajusta realmente a lo acontecido. Desde lo profundo de nuestro ser siempre asoma una sombra de duda. Huecos del recuerdo que llenamos arbitrariamente, urdimbres de sucesos que intuimos antojadizas. No, ciertamente no sabemos si lo relatado si es ficción o realidad, porque en el fondo intuimos que la vida misma es una trama escrita por algún otro y que a nosotros nos toca representarla de la mejor manera probable en ese espacio acotado de tiempo llamado vida.
Cuando, como en mi caso, pasada ya la mediana inflexión de los pronósticos más optimista, se comienzan a descontar los años en vez de a sumarlos, se asume con cierto pudor que hasta la inculcada linearidad del tiempo, la consecución del antes-ahora-después es, cuanto menos sospechosa. Los acontecimientos comienzan a leerse circulares, los recuerdos se entrelazan de manera imprevista, ciertos hechos y situaciones se resuelven o continúan saltando espacios enormes geografías y años. La trama comienza a mostrar ahora ciertos patrones que, aunque presentidos, nunca antes se habían revelado con una claridad tan incuestionable.
Memorias entonces probables…si, porque imagino que de escribirlas de nuevo asumirían necesariamente otro formato. Por eso aliento a leer salteado, a no respetar el caprichoso orden numérico de paginas o capítulos y a leerlas dejándose llevar por un designio imprevisto. Quizás de este modo, se asemejen algo más a aquello que en realidad he vivido, o a lo que sin haber vivido he recordado y escrito.
Alfa
Lo fundacional. (parte del primer tercio)
(Otra vez la arbitrariedad…se trata de lo más lejano en el tiempo?, de lo primero que recuerdo? O de aquello que veo en lo más profundo como esencial, la parte que estructura el resto, lamateria básica con la que se comenzaron a dibujar los perfiles de mi existencia?)
Casi todos los recuerdos del comienzo están íntimamente asociados a sensaciones más que a hechos significativos o situaciones puntuales imbricadas en alguna historia en particular. Es lo sensorial y no el relato.
Creo que toda esta primera etapa estaba guiada por una inexistente necesidad de encontrar explicaciones que unieran lo vivido. Alcanzaba con la sensación. Una forma de reconocimiento de lo circundante que no entraba aún en los reinos de las categorías. La luz del sol se unía a la sensación de calor en la piel y a la sombra que proyectaba mi cuerpo sobre la vereda de baldosas que se quebraba en el cordón para alargarse hasta invadir la zona de pasto de la plaza donde me encontraba jugando. El canto de un hornero (en aquella época había muchos en las plazas) se mezclaba con el grito de otros chicos, con la campanilla y el llamado del heladero que puntualmente acudía a la plaza, con las charlas de madres sentadas en los bancos, los motores de los coches por las calles. Si bien podía diferenciar cada una de estas cosas, lo cierto es que tenía la sensación de que todas estaban ligadas entre sí. No podía siquiera concebir la existencia de ninguna de ellas de modo aislado. No sabría explicarlo pero esa sensación me hacía sentir calmo, seguro. Cuando salía de ese mundo acudía al llamado de mi madre porque había que regresar a casa y observaba con curiosidad ese mundo tan distinto de los adultos.
Cincuenta y ocho
En Noviembre del 2013 volaba a Buenos Aires desde Berlín con la intención de regresar a la Argentina después de 26 años de haber vivido en Europa.
Había estado anteriormente en el 2000 por 3 semanas y en el 2007 por un mes y medio. Es decir que en los últimos 13 años había viajado solamente dos veces a la ciudad en la que había nacido y que me había dado escenografía hasta mis 29 años.
Se me antojó entonces la idea de dividir mi existencia en tres partes o períodos, considerando en unos 80 años su duración probable. El primer tercio (de 29 años) habría tenido lugar en la ciudad en la que nací. El segundo tercio (26 años) se desarrolló en Europa en una etapa de búsquedas, afianzamientos, deshechos… en el que había desarrollado mi actividad profesional y fundamentalmente había tenido el privilegio de fundar una familia. Me resultaba atractiva la idea de retornar y vivir el tercer y último tercio en Buenos Aires. Imaginaba un retorno posible y anhelado…
Los recuerdos primeros y siguientes
(parte del primer tercio)
Por lo que me han contado y por lo que no he olvidado sé que hubo etapas bien diferenciadas en cuanto a los lugares donde viví o las circunstancias y las gentes con las que me tocó vivir en cada una de ellas.
La primera va desde el nacimiento hasta el año y medio.
De ese período no guardo ningún recuerdo por más que varias veces haya intentado rastrearlos. Sé por relatos familiares que nací en Avellaneda en el año 1959, pero que mi primer hogar fue en la casa de tres plantas que había mandado a construir mi abuelo paterno en la calle Tacuarì 2049 en Barracas, en la que se alojaba toda su familia, a saber: mis dos abuelos, las dos hermanas de mi padre y mis padres con mi hermano. En el segundo piso de la casa vivían mis padres y en el primero mis abuelos con las tías. La planta baja era la zona común (cocina, y sala) y parte de las oficinas de la empresa del abuelo. La casa sigue en pie, actualmente aloja una residencia geriátrica y en uno de tantos bucles que viví a lo largo de mi vida, me fue dado regresar al cuarto en el que viví hasta mi año y medio de vida en el viaje de regreso a Buenos Aires, en circunstancias que luego contaré y que tuvieron unas connotaciones y significación aún sorprendentes: si ese cuarto había sido el primer lugar donde comenzaba a configurarse mi vida, se transformó luego en el sitio donde terminaría de morir una parte importante de lo que consideraba mi ser.
Los antecesores paternos.
A Don Alejandro lo conocí recién a mis 7 años (anteriormente, peleas familiares entre mi padre y el abuelo habían, entre tantas otras consecuencias, impedido que tuviéramos contacto con la rama familiar paterna). Para ese entonces ya vivíamos los cinco, mis dos hermanos y mis padres, en el departamento de la Avenida del Libertador 1160 que fue el lugar en el que viví hasta que pude emanciparme e irme a vivir solo a los 24 años, en el año 1983. Esa imagen sí que la conservo muy nítida. Me tocó a mí abrir la puerta del departamento al oír que tocaban al timbre y al hacerlo apareció recortada en el contraluz que generaba la luz de la calle en el fondo, la silueta de don Alejandro. Una persona muy baja y voluminosa. El que casi no tuviera un cuello que separara su enorme cabeza redonda y pelada de sus hombros generaba la impresión de ser casi tan ancho como alto. Colgando del hombro llevaba un poncho doblado sobre su saco del traje. El tamaño de sus pies me maravillaron (luego supe que calzaba 46). Ahí estaba, duro, impasible, los brazos pegados a ambos lados del cuerpo, sin articular palabra. Supongo que habrá notado mi sorpresa. Enseguida aparecieron mi padre y mi madre y luego de saludarse, Don Alejandro entraba en la casa y en la familia. Si, a partir de ese día comenzaría a vivir con nosotros. Lo más extraño del caso es que hubiéramos aceptado sin ningún tipo de cuestionamiento y sin ninguna explicación previa ni posterior de mis padres la llegada de esta persona absolutamente ajena y desconocida y el hecho de que sin más comenzara a convivir desde ese día con nosotros.
Imagen: 9 años.
En el galpón del campo de Ayacucho un ingeniero agrónomo de pie con un pizarrón a su lado explica no sé que historia relativa a la explotación agropecuaria o algún proyecto del que quiere convencer a mi abuelo de participar. Frente a él y sentados en semicírculo 4 o 5 personas más atendiendo a la charla. Mi abuelo en una de las sillas literalmente dormido y roncando con una intensidad de sonido que luego llegaría a ser un hito dentro de la historia familiar. De pie, a un lado, observo la escena con una mezcla de desconcierto y curiosidad (en aquella época disfrutaba de observar el mundo de los adultos). Terminada la charla todos se levantan de las sillas (se despierta el abuelo) y salen a caminar por un potrero. Supongo que sería para ver en el terreno lo que se acababa de hablar frente a la pizarra. En fila india, siguiendo una huella que dejaba el ganado entre los pastos encabeza la marcha Don Alejandro seguido de los ingenieros que le siguen hablando. En un momento y sin siquiera inmutarse, el abuelo descarga una serie de flatulencias de una sonoridad atronadora mientras continúa impasible su marcha. Miro la cara de azoramiento de los ingenieros. Terminada la caminata me acerco al abuelo y le pregunto: qué fue eso abuelo?, a lo que él me contesta: Que me huelan la mierda estos cabrones, solo quieren mi dinero!
Recuerdos propios: entre los 7 y los 15 años.
(pasada esa edad dejé de ver a mi abuelo y al poco tiempo falleció sin poder volver a verlo)
Como si el hecho de haberse mudado tantas veces de entorno (departamentos, ciudades, países) lo hubiera descentrado definitiva e inexorablemente de todo sistema de coordenadas, Eduardo se da vuelta en la cama, girando su cabeza sobre la almohada, para que su cara quede del lado de la pared, evitando así que la luz que entra por la ventana, a pesar de tener todavía los párpados cerrados, ilumine sus retinas llenándolas de un magma blanquecino, porque aunque claramente el día está comenzando y en sus recuerdos esto se asocia con la costumbre de levantarse, una parte de su ser se ha habituado a desconfiar de toda referencia . Una suerte de permanente estado de desconcierto al que se ha ido acostumbrando y que ha terminado de asumir como un atributo de su condición de emigrante.
Fue un proceso gradual. Si no fuera por su obstinación por comprender las cosas casi ni lo habría notado. Todo se habría resumido a una serie de anécdotas que, después de tantos años, no habrían dejado siquiera registro. Pero bueno, la memoria se había transformado ya en una herramienta de supervivencia. Por necesidad, lo que en otras personas y otra circunstancias, las de aquellos que no mueven tanto su punto de encaje, se hubiera aplicado a cosas más cercanas, a situaciones que simplemente ayudan a solucionar problemas inmediatos (el poder recordar a qué hora pasa el colectivo para ir al trabajo por la mañana, el estante en donde se ubica la leche del supermercado…) en él se había transmutado en una suerte de identidad que lo sustentaba y lo ayudaba a soportar tanto cambio. La memoria, recordar olores, gradientes de luz, formas de mover el cuerpo… todo ello le permitía saber mejor quién era.
Curso de alemán: primeras clases en un aula de la Volkshochschule en Aachen. Sentados cada uno frente a una mesa, que alineadas por sus bordes formaban una especie de U paralela a tres de las paredes del cuarto dejando la cuarta pared abierta en la que en una sola mesa se sentaba el profesor, delante del pizarrón (no de los de tiza sino unos en los que se escribe con marcadores), nos sentábamos 2 veces por semana para intentar que nos transmitieran algunas claves para empezar a entender todo aquello que nos rodeaba y a todos aquellos con los que convivíamos. El profesor de alemán es de orígen Armenio. Nos pregunta, qué es hogar? el lugar donde se nace dice uno-, el lugar de donde venimos -dice otro de origen turco-, la gente que uno quiere una colombiana-. El profesor escucha a todos y luego dice: hogar es el lugar donde no es necesario deletrear el apellido. Pasaron más de 20 años de esto y aún tengo que deletrear cada vez que me preguntan cómo me llamo.
Eduardo vuelve a girarse, abre los ojos y deja que la luz lo penetre. Patea las sábanas para dejar su cuerpo descubierto, se incorpora sentándose primero en el borde de la cama y se mete en el baño para que, después de pesarse en la báscula, el agua caliente termine de inaugurar su día.
Sho ashá tenia un tacho. Lo laburaba durante el día y a la noche se lo daba a mi sobrino para que se sacara unos mangos. Porque la noche la quería para mí, viste?… lo mío es el fuelle y por las noches nos íbamos con los muchacho a tocar dos veces por semana en un restaurante y en alguna milonga. Pero no era vida, viste? (Eduardo lo inentaba pero no podía ver algo que nunca había vivido). Un día un amigo que tocaba en una orquesta me dice que si no quiero irme con ellos a Europa, vos te imaginás? Europa!!! (Eduardo trata pero no se imagina, o al menos no lo hace del mismo modo que el bandoneonista con el que está hablando). Así que largué todo y me vine nomás. Y sha pasaron casi 20 años… me fui quedando. Acá en Alemania el tango gusta mucho, viste? La patrona es alemana. No entiende mucho pero me cuida.
Eduardo está parado entre las butacas de la primera fila, debajo del pequeño escenario donde hace unos minutos un hombre de unos sesenta años, manos gruesas y barriga rebelde, acaba de terminar un concierto de tango en ese pequeño teatro perdido en un pueblito de mala muerte: Würselen. Este argentino, tanguero, le va contando parte de su vida y con cada final de frase, como queriendo con ese gesto reforzar un vínculo con Eduardo, lo agarra del hombro y lo suelta, lo toca, le acerca el codo a modo de complicidad. El traje negro con la solapa brillosa. La cabeza parece forrada por una capa negra reluciente de apenas unos milímetros de espesor que se divide en dos partes por una delgada línea que atraviesa su cabeza desde la frente hasta perderse por detrás en la nuca. No hay huellas de peine. La mancha negra es uniforme, una superficie reluciente que tapa el cráneo.
Sho te voy a dar un par de consejos pibe, porque vivir en Alemania no es fácil para nosotros. A mi me shevó tiempo adaptarme. El idioma más o menos, viste? Pero sho tengo la música, es más fácil. Primero que nada: “nunca le digas a un alemán lo que tiene que hacer, ni siquiera si te pregunta”.
Cualquiera que viera ahora a Eduardo sentado solo en el vagón del subte esbozando esa sonrisa que se le instala en la cara, pensaría que el hombre está perdido navegando en sus recuerdos, rememorando algún feliz o gracioso encuentro del pasado. “Alexander Platz”, anuncian los carteles de la estación. Eduardo desciende del vagón, comienza a caminar por los túneles buscando la salida al exterior y a lo lejos empieza a escuchar la música. A medida que se acerca se confirma su intuición. Un hombre está tocando “verano porteño” de Piazzolla pero en un acordeón. Eduardo se detiene unos minutos a escuchar, la sonrisa se le agranda, deja una moneda y sube las escaleras a la calle con la convicción plena de que hoy va a ser un buen día.
Lo veo al Cuervo, mientras le hablo, repitiéndo ese gesto tan característico en él que, supongo, le asegura una especie de pertenencia a sí mismo. Con el codo apoyado en la mesa del café, va deslizando en forma circular el índice de la mano izquierda rodeando el contorno de la boca, dejando que la yema del dedo sienta la rugosidad de la incipiente barba de la mañana mientras que sus labios se juntan y elevan en un hipotético beso sin destinatario para volver a retraerse y asumir la postura relajada de la cara. Se queda pensando un rato las palabras mientras detrás del aumento de sus anteojos las pupilas siguen con inquietud los movimientos de la camarera. Si no lo conociera de hace algún tiempo podría deducir de este gesto una falta de interés en la charla, cuando en el fondo se trata de proteger una sensibilidad desencauzada. Pero el Cuervo lleva casi cuatro años en Alemania y muchos cursos de idioma que aún no han terminado de vencer la resistencia. Así que sé con certeza que lo que le cuento le interesa, o cuanto menos lo identifica.
Eduardo sigue hablando. Le gusta hablar porque se da cuenta de que el silencio, en estos lugares, se acerca demasiado peligrosamente al olvido. Sentados en la mesa del café cumplen los dos su rito semanal de encuentros para ponerse un poco al día de lo que van sintiendo y lo que les va pasando. Se diría, viéndolos así, relajadamente sentados, que la charla tiene un sentido bastante ritual. Como si tuvieran ambos la necesidad de un espectador para poder desarrollar todas las gesticulaciones, desplegar sus discursos y corroborar así sus respectivas existencias.
Como te decía, a mí también me llevó lo suyo. Pero menos que a vos. Al año ya sentía que podía decir cosas y entendía bastante. Pero siempre me acuerdo de la primera vez que fui a lavar ropa, a las pocas semanas de llegar a Aachen… En esa época no tenía lavarropas en el piso que alquilaba, así que me fui con dos bolsos de ropa sucia a una de esas tiendas que hay en la que por 5 DM (entonces había marcos alemanes) metías toda la ropa en una máquina y a la media hora salías con la ropa limpia y seca. Nunca me voy a olvidar del desconcierto y la impotencia que sentí en ese momento. Entré en el negocio y contra una pared vi una serie de 12 lavarropas alineados. En la pared de enfrente otras tantas máquinas que por su mayor volúmen y forma de la puerta pude definir como secarropas. Muchos carteles sobre las hileras de las máquinas con listados de lo que supuse serían los pasos a seguir para conseguir que la ropa se lavara, porque cada oración estaba precedida de una numeración. 1.- 2.- 3.- etc. Hasta ahí llegaba mi comprensión. Las máquinas repetían las indicaciones en pequeño en unos carteles adhesivos. En el local no había ni un solo ser humano…. nadie. Yo y las máquinas. Ahora sí que no había escapatoria y me encontraba confrontado con el idioma de un modo grosero, fulminante y definitivo. Con mi diccionario de bolsillo alemán-español me sentía como el padre Scheil descifrando el código de Hammurbi. Me llevó una media hora traducir el jeroglífico y poner en funcionamiento las máquinas, incluyendo una que me preparó y sirvió un reparador café en vasito de cartón. Me quedé sentado delante del lavarropas mirando los giros y contragiros de la mezcla de agua, jabón, suciedad y tela y no pude evitar caer en reflexiones existenciales bastante baratas del tipo: no somos nada, todo gira y gira, el fin es el comienzo, etc. Terminada la hora salía del local con los dos bolsos aún tibios por la ropa recién secada en las máquinas de calor con la rotunda sensación de estar instalado en un extranjero del que recién comenzaba a palpar sus contornos y por reflejo me iniciaba en el proceso de descubrir mis límites. El lavarropa me hizo tomar conciencia de que era “otro”.
Se los ve distendidos, disfrutando la charla. El Cuervo levanta la mano y le pide a la camarera “due espressi” acompañando el gesto con una sonrisa seductora que provoca la risa de Eduardo y su juicio inmediato.
„Quadratisch, praktisch, gut…“ (cuadrado, práctico, bueno..). La tableta de chocolate Ritter es todo un icono de la cultura popular alemana. Empresa familiar fundada en el 1912, en el 1932 producen la famosa tableta de chocolate cuadrada de 100gr. En el 1970 y gracias a una campaña publicitaria en la que surge el slogan antes mencionado, la tableta se populariza en todo Alemania y alcanza records de venta impensados. Tanto me incomoda esta incapacidad por percibir las sutilezas de la existencia que por momentos estoy tentado a escribir una oda al círculo o un himno a lo amorfo.
Esto piensa Eduardo mientras termina de comer el último pedazo de su tableta de chocolate y arroja el papel del envoltorio al tacho de basura viendo cómo las letras del eslogan se arrugan, se deforman, se hacen ininteligibles.
La Nationalgalerie en Berlin es un edificio paradójico donde los haya. Reputado como uno de los ejemplos más logrados de la arquitectura Moderna, obra del alemán (aunque se haya tenido que ir a USA para ser famoso) Mies van der Rohe, es a su vez uno de los peores espacios arquitectónicos expositivos que yo conozco. A tal punto que, cada vez que se hace una muestra en su único espacio cuadrado acristalado completamente en sus lados, con una cubierta de hierro que apoyada en cuatro pilares parece flotar en el aire, se construye otro espacio interior con paredes de paneles de yeso o madera capaz de transformar ese espacio diáfano en un espacio que pueda albergar una exposición de arte. A veces el ego nos obseca hasta la ceguera. No puedo siquiera pensar en qué argumentos se habrán pasado en su momento por la cabeza de Mies a la hora de concebir esa obra… una cosa sí está clara, o bien para él el arte se reducía a la escultura, o simplemente le importó un pepino la función de dicho edificio. Pero bueno, ahí está… y hoy entro con Nívea a ver una retrospectiva del pintor Gerhard Richter.
Tampoco vayan a creer que este tipo de pensamientos configuran un caracter agrio que se imponga en el rostro de Eduardo. Simplemente es así. A él le ha gustado siempre preguntarse el porqué de las cosas, o incluso el para qué (en los momentos de mayor inspiración). Suele repetir la anécdota en la que su madre le decía: pero Eduardito…. no pienses tanto… siempre acompañado el comentario con una sonrisa no disimulada.
En las paredes expresamente construídas dentro del espacio de la Nationalgalerie se exponen un centenar largo de obras de Richter, abarcando más de 50 años del trabajo de este artista. Las primeras de 1962 llegando hasta la actualidad. Es decir que se puede hablar de una mirada en perspectiva, de un trabajo asentado y entonces, alguna que otra conclusión parecería ser pertinente o adecuada.
Me maravilla en todo caso la fidelidad a la obsesión de los límites y alcances de la PINTURA. Richter es pintor y toda su obra explora de modo incansable los límites de la percepción, la incapacidad última y final de poder “representar” la realidad. Intuyo que en los 50 años de diálogo que ha tenido el artista con la materia pictórica se habrá ido dando un vuelco significativo en el rol de los factores que llevan a la realización de una obra. Así entonces, si en las obras del comienzo se puede ver el mayor peso de la voluntad del artista en la elaboración, la mayor influencia de la razón, del deseo de comprensión y del estudio razonado del proceso de la percepción en detrimento de los dictados azarosos de la materia pictórica (desde las obras que reproducen muestras de color, hasta las apropiaciones fotográficas que en un último gesto se desenfocan concientemente), vemos que en sus últimas obras de gran formato el artista ha llegado a un estado de madurez tal en el que el diálogo con la materia asume una condición de aceptación reverencial y festiva de lo que la pintura, de por sí, ofrece. El artista es un simple ejecutor que ha aprendido finalmente a escuchar lo que la pintura tenía que decirle. Salgo de la muestra con gran satisfacción. Hoy no va a ser necesario escribir ni una oda al círculo ni un himno a lo amorfo. Richter ya se ocupa de eso…
Si la globalización pareciera ser un nuevo modelo mental que se adhiere al
diario desenvolvimiento de gran parte de la población del mundo, no deja por eso de ser menos cierta, o quizás precisamente debido a esta universalidad que se nos instala, la necesidad de recrear un ámbito privado, exclusivo, de personal contingencia en el que lo individual siga teniendo valor y lugar.
Ante el diario bombardeo sensorial y la velocidad de circulación de la información, se multiplica el deseo de hábitos solitarios (chat, consolas, naturaleza, ecología) en donde lo individual pueda encontrar un aislado marco de desenvolvimiento. Lo retro, la mirada hacia atrás, el hábito de la nostalgia intenta de algún modo recuperar para el individuo algo de lo perdido o de lo por perder: la costumbre del banco de plaza, la charla con el vecino, el ocio entendido como un espacio de intercambio. El reconocimiento de códigos al alcance del individuo.
Hoy en día, el lenguaje informático, el idioma del teclado ya forman parte de nuestro cotidiano (sms, chat etc.) y se incorporan a nuestro tradicional modo de expresarnos. Sus abreviaturas de teclado forman parte ya del imaginario colectivo y asumen el carácter de un código personal de interpretación a través del cual el individuo vuelve a sentir una suerte de apropiación o pertenencia. Lo abstracto del lenguaje encierra un universo vacío en el que la imaginación puede volver a desarrollar sus potencialidades.
La serie “Atajos” propone precisamente una ampliación y formalización de dicha idea. La incorporación de dichos criptogramas, de esos códigos en forma de tecla al devenir urbano cotidiano del paseante. Forma, función y semántica se reúnen aquí en un objeto de uso urbano. El banco-plaza-tecla-palabra se unen en un objeto, y al centrifugar todos esos contenidos en uno genera un ámbito adecuado a la apropiación individual, al regocijo del individuo. La identificación entre lo imaginario y lo real es inmediata. El lenguaje virtual se incorpora a lo tectónico y cotidiano. Y el universo informático de fantasía se aposenta en un elemento de uso diario: el banco de plaza. Un lugar donde hacer una pausa. Un sitio de encuentro de uno consigo mismo o con los otros. Un objeto que pese al alto grado de abstracción de sus contenidos, o precisamente debido a ello, deja un amplio margen de libertad para el desarrollo del imaginario del individuo.
En la primera de las propuestas el criptograma alude precisamente a esa necesidad primaria de buscar caminos individuales (“esc” más flecha) ante el acoso de tanto control y ante la sensación del individuo de ser absorbido por un sistema que le resulta ajeno en sus postulados.
La segunda propuesta intensifica la idea del libre albedrío. La atávica necesidad de deambular y desplazarse. La eterna búsqueda de un hogar (“home”) entendido como ámbito del propio reconocimiento.
La tercera propuesta es una reflexión ante esa misma falta de sentido en la uniformidad y la igualdad niveladora. El anhelo de ser “propio”. La primaria necesidad de no ser un “cero”.
La cuarta propuesta encierra una mirada poética enfocada hacia un horizonte por descubrir. En cualquier caso la idea de que a través del movimiento se va definiendo la propia individualidad. La búsqueda ya no se refiere exclusivamente a un lugar físico sino más bien a un lugar mental. El viaje iniciático de toda mitología.
Y la última de las propuestas actúa a modo de reflexión final. La posibilidad última de conseguir un desenvolvimiento individual a partir de la ayuda hacia el prójimo (“help”). Una vuelta de página a modo de guiño social.
El ámbito urbano, el banco de plaza, vuelve a ser entonces un lugar de reflexión. Como en el ágora griego, el sitio en el que el ciudadano se delimita y adquiere significado individual en el discurso con el otro, con su vecino, con su prójimo.
Este texto carece de sentido. No asume relevancia alguna más que la de reclamarse lazarillo en el críptico territorio de la obra de Hugo Orlandini. Un modesto guía que, en sintonía con el contenido de su obra, intenta “desvelar” los hechos, “desarticular” la superficie, para acceder a la entrelínea. No se trata aquí de duplicar otro de tantos textos que abonan la escisión entre el lego y el erudito. No es posible asumir este tipo de miopías ya que se trata aquí de una obra que en todo momento evita caer en el cúmulo de cegueras sociales entre las que discurre nuestro día a día. Aquí, como en la obra de Orlandini, las citas serán solo metáforas y no ya un mero onanismo intelectual.
En una época como la actual en la que una especie de neo-pompierismo asume la escena artística, donde la incongruencia entre el contenido y la actitud de muchos artistas y del medio artístico nos recuerda más a los celebrados artistas de salón del siglo XIX (claro que disfraces y escenografías han cambiado) que a la primigenia actitud del artista como cuestionador, vidente, y pregonero de las fisuras de un sistema, un quehacer como el de Hugo Orlandini nos remite a esas incongruencias e hipocresías y nos confronta con la marginalidad, quizás la única actitud moralmente posible. Caminar por el margen y vivir en el margen o en el “outside” para poder desde allí acceder a una visión despojada de preconceptos. Obra incómoda por lo que de indagadora conlleva, dejando poco lugar a la media tinta, la contemplación y el regodeo estético. Con la obra de Hugo Orlandini solo quedan dos opciones posibles: la aceptación y autocuestionamiento o la indiferencia.
Así ya en sus primeras obras (“Jean Jaurés y Juramento”) el margen se re-presenta en su mayor expresión. Un rincón de una típica cocina porteña es directamente re-construido y llevado a la categoría de pieza museística. Lo más relevante es que además, en este re-constructo todo funciona (el circuito de agua, las cañerías de gas, la instalación eléctrica). El movimiento descontextualizador es aquí mayúsculo. Con “El General” aparece el guiño, la fina ironía y aquí el dislocamiento se transforma en puro proceso mental. El artilugio tecnológico (sensores de movimiento) hace que este perpetuum mobile sea trágico juguete de adultas asociaciones. Aparece aquí el componente social, la cita histórica (dictadura militar) y la mirada del artista como cuestionador. Lo mismo sucede con la serie de “Cartoneros”. El “outside”, lo marginal, la actitud del buscavidas y su producto, forman ahora el paisaje de su obra. La naturaleza ahora es naturaleza humana y su representación no es sensorial ni óptica sino básicamente mental. La alegoría es cruda, directa. La entrelínea una llave de acceso.
En “Cariño, no te olvides el paraguas” la obra de Orlandini denota el contacto del artista con su nuevo alojamiento en una Barcelona ajena. La reacción es entonces intimista, se vuelca a lo interior como un modo de volver a encontrar respuestas. Pero la escenografía es sórdida. Como en todas las obras del artista hay una perturbadora falta de actores. La invitación a subir al escenario es directa, casi compulsiva. Una invitación que con “Pothole / Bache” se tensa hasta orillear los límites de la moral occidental. El retorno a la raíz, a su Cuba de origen, eludiendo todo tópico encubridor. Su voz es ahora la del Orisha europeo, el mestizo que dice para desenmascarar. La voz del Golem sabedor de su predestinado camino. El modo de manifestar su propio desconcierto y rabia ante tanto ocultamiento y tanta falsedad. Aparece y se asienta también la lectura sonora en su obra que, si antes era incipiente y tímida, aquí con el “My way” de Frank Sinatra, actúa como pequeño diccionario de interpretación para acceder a su obra: la entrelínea.
En “Juguetes del destino” la realidad se transforma en obra. No hay ya representación (quizás solo una mínima y necesaria dislocación de contexto) sino que todo es presentación. Lo lúdico como último baluarte de lo absurdo. La escala como baremo de la magnitud del disparate. La escenificación como polaroid de lo grotesco. ¿Qué queda más allá, cuando lo cercano es ajeno?
Y queda aún mucho más… llega “Atajos”. El título ya da la clave. La manifestación y corporización en obra artística de tanto “atajo mental” que la sociedad occidental asume a la hora de incomprender lo ajeno y reducir así “lo otro” a un mero pulsar de teclas. Ah, casi me olvidaba, para quien tenga nostalgias de pop y Marilyn a ver ¿qué tal le sienta la obra “Misceláneas”?
Metáforas visuales, ejercicios sutiles de lectura en los que la interpretación es guiada a través de laboriosos movimientos de descontextualización, por medio de los cuales la superficie, la lectura ingenua, el discurso políticamente correcto, se desmoronan irremediablemente. Un trabajo minucioso y artesanal, de pequeños y largamente meditados desplazamientos. Sin florituras ni enmarcados.
Cierta vez, una médica de origen turco nacionalizada alemana enseñaba a una colega alemana su recién inaugurada consulta. Al llegar a la sala de espera le mostró orgullosa un sillón de tres plazas decimonónico de origen berlinés que acababa de comprar en un anticuario. La elegante señora alemana comentó: al ver ese sillón viene automáticamente a mi mente la imagen de una típica familia turca sentada en él… ¿qué tipo de preconceptos se despertarán al leer este texto? ¿Qué clase de prejuicios evocará la obra de Hugo Orlandini en quien la contemple? En cualquier caso, la mesa está servida…adelante y buen provecho.
Aún tengo que seguir creando. Creo que todo artista, de un modo casi intuitivo, profundo y lejano, sabe que en el momento en que su única expresión posible sea la palabra, a partir de entonces la forma más adecuada de continuar sería callar. El silencio. Una actitud que marque el arribo definitivo a la otra orilla. Más allá del mar. El desembarco en la costa siempre avizorada. El canto de la sirena cuando la sirena sea el sentido final y la comprensión.
Buenos Aires es algo más que una ciudad. Haber vivido en ella hace que uno no termine jamás de despedirse, porque no hay forma de abandonarla. Ciudad que ha crecido acumulando adioses y encuentros en migraciones permanentes de historias humanas, cada cual depositando en ella su equipaje de pasado y sembrando en su tierra sueños y alimentando esperanzas. Ciudad aluvional, como el lecho marrón de su río. Ciudad mujer, inagotable mezcla de caja de Pandora y ave fénix.
Agazapada en las esquinas, la naturaleza respira entre sus resquebrajadas veredas haciendo presente su inocultable dominio. Los tilos inundan el aire al comienzo del verano, el jacarandá explota en violetas en noviembre, febrero endulza sus fachadas con los ramos de jazmines traídos del delta y que se venden en los kioscos de diarios. Las Santa Ritas entrelazando rejas en patios de demoradas charlas. Techos de glicinas cubriendo los primeros besos.
Cada mañana la ciudad lava su rostro en el infinito mar marrón de su costa mientras el sol ilumina su cara. Por la noche, el calor se oculta en las espaldas de sus edificios y se apaga en su otra llanura infinita. Ciudad isla, rodeada de dos pampas: la húmeda de su río, la seca de su llanura. Las historias se tejen en su interior. Fuera de ella solo el encuentro con lo existencial en su estado más descarnado. Las dos extensiones sin límite donde todo movimiento resulta vano, donde la única posibilidad de avanzar es hacia arriba o hacia abajo.Y sin embargo esa necesidad permanente de migrar, de cerrar ciclos. La inercia quizás de tanto movimiento de tantas generaciones de tantas llegadas. Ciudad universo inventando diariamente su propio idioma, configurando su panteón mudable de fábulas y quimeras (todo en ella es mudable aunque su esencia nunca cambie). Se aprende en ella a despellejar cada rincón de la vida por intentar saber qué es aquello que le da ese aliento de pachamama socarrona, sonriendo desde algún lugar lejano ante la visión de tanto humano intento.
Ciudad gallina cobijando sus pollos. Nosotros los que allí hemos nacido, los que llevamos la marca del abrazo imposible, y la necesidad inagotable del amor fundacional. No podemos ya quitarnos más esa impostergable manía de la entrega de afecto, esa búsqueda del calor en los malabares que tejen nuestras manos al hablar, los encuentros sin horario en el café para jugar cada vez a inventar otra vez el mundo. El contacto de la piel nos da pertenencia, la generosidad nos involucra porque aprendimos que el crecimiento nunca es solitario… y sin embargo la búsqueda siempre de lo individual.
Ciudad que necesitó fundarse dos veces, como si con una sola no hubiera sido suficiente. Dos intentos como para confirmar una voluntad de conquista que nunca hemos terminado de creer. Nos sabemos débiles, nuestro fondo es inabarcable, como sus orillas, y por eso alternamos entre la nostalgia y el maquillaje de soberbia.
He caminado mucho en Buenos Aires. Para mí nunca fue un decorado sino la protagonista principal. He acariciado la corteza de sus árboles, he dormido siestas recostado en el pasto de sus plazas y barrancas dejándome mecer por el susurro de la voz de la tierra. La lluvia me ha lavado. Una lluvia que en Abril es casi una presencia más que un accidente. Entonces sus calles se vuelven ríos y la ciudad es un delta de manzanas de edificios y casas de barrio. Los autos lancha baten olas a su paso y el agua se mete en las casas, el río que saluda de vez en cuando para que no lo olvidemos a pesar de darle siempre la espalda. Las sudestadas que intentan saborear la superficie de sus calles. La Boca como una Venecia sin lobby.
Cada barrio es un mundo dentro de ese mundo. La Ciudad Galaxia, llena de constelaciones, astros, asteroides, estrellas fugaces. Y nosotros sus pollos deambulando por su infinito espacio. Un presente continuo donde resulta difícil creerse la idea de lo perdurable que nos enseñan en tanto libro de historia europea. Con docilidad incrédula aceptamos el vosotros amáis sin llegar jamás a utilizarlo. El tú quieres que vos querés. Cómo corregir cuando se asume que todo es mutable? Cuando el día a día nos obliga a inventar una y otra vez el génesis. Solo queda asumir las piezas, aceptar las reglas del juego y con ellas asumirse demiurgo.
Esta es una primera entrega.
Sí bueno, ya lo sé…. pero no, no es receta de cocina. No…te digo que no.. Y qué tiene? a ver, decíme porqué no puede ser? Al final, son solo dos palabras..tampoco es para tanto che…A mí también me sorprende, no te creas…pero bueno, la cosa vino así y listo…no le quiero dar más vueltas. O me vas a decir que a vos nunca te pasó algo así? No te creo…de veras que nunca? pobre… no… por nada… pero es que a mí me pasa seguido. Que no che…te digo que no es que lo piense antes… simplemente pasa así…sin que me dé cuenta… me cuelgo. De pronto aparecen así…sin conexión… Y yo qué sé? Pero qué gano con negarlo, a ver?… Por eso…así que por eso te lo cuento. No sos mi amigo?…entonces bancátela viejo…
Bueno, resulta que anoche, estaba levantando los platos después de comer…si claro, solo, como siempre. Pero de todas maneras me sigo poniendo la mesa, me enciendo una vela, me lleno la copa con un buen vino tinto…si… llamalo como quieras, a mí me da igual… pero no jodo a nadie y a mí me hace bien… Bueno, te la sigo… Había terminado ya de cenar y empezaba a recoger los platos para llevarlos a la pileta. En un plato hondo habían quedado algunas rodajas de banana que no había terminado de comer… ya sabés que no soy mucho de postres… pero bueno…la banana cortada en rodajitas… si, qué tiene? un recuerdo de infancia… de cuando mi vieja me preparaba el postre… de qué te reís boludo?… te la sigo? o no te la sigo?… entonces no me interrumpás más y escuchá…
En el plato grande habían quedado un par de hojas de lechuga, una rodaja de tomate y unos aros de cebolla de la ensalada…las milanesas me las había aspirado todas. Quedaban unos surcos de mayonesa que se habían llenado con el resto del aceite y el vinagre de la ensalada. Fue un gesto casi mecánico te diría, de esos que van llenando las horas de nuestras vidas y que repetimos a diario sin prestarles la menor atención… pero vaya a saber porqué en ese momento el gesto cobró otro sentido. Parado al lado de la mesa, con el plato en mi mano izquierda, empecé a arrastrar los restos que habían quedado de ensalada con el tenedor… y en el momento en que caían sobre las rodajas de banana del plato hondo… en ese mismo momento… y de la misma manera que los restos de comida… cayeron estas dos palabras en mi cabeza y le dieron nombre a esta historia.
No existe nada más hermoso que el día de hoy.
Mi pasado es la suma de mis ayeres, algunos alegres y otros tristes. Pero no puedo avanzar mirando hacia atrás porque corro el riesgo de no poder ver el ahora.
Quizás el futuro sea prometedor, pero tampoco puedo avanzar mirando lejos el horizonte porque corro el riesgo de no ver el suelo que piso y caer en un pozo.
Por eso prefiero vivir el hoy. Me gusta pisarlo con fuerza, vivirlo con intensidad, gozar de su sol y estremecerme con su frío. Sentir el “presente” a cada instante.
Me gusta la entrega sin miedos, porque sé que sólo así puede crecer el amor.
No puedo frenar mi entrega, no puedo regular mi amor porque soy como el agua. La vida es como el agua. Necesita fluir, moverse constantemente, recorrer terrenos, ascender y caer en lluvia en permanente mutación y cambio. El agua necesita, como la vida, como el amor, como la energía que mantiene toda forma de vida, fluir. Estancada, frenada, contenida, en situación de espera, se pudre.
Ayer fui. Mañana seré.
Pero hoy soy.
Porque hoy respiro, transpiro, veo, pienso, oigo, huelo, río, amo… Hoy estoy vivo! Pero no puedo detenerme, porque esperar trae dolor. El miedo trae dolor, cansancio, angustia, preocupación, confusión. La mente se alimenta de esos sentimientos y construye diques para estancar el fluir de la vida, para detener el fluir del amor y así crearnos una falsa sensación de seguridad, una identidad de cartón piedra que nos mantiene distraídos, que necesita permanentemente alimentarse de distracción, de actividad superficial. Y mientras estamos distraídos, la vida sigue pasando a nuestro lado. Y si el amor no fluye, si no puede manifestarse ahora es que el miedo se nos ha instalado.
Yo quiero vivir, quiero ser torrente y quiero poder experimentar el amor a cada instante, cada día. No mañana ni ayer.
Mientras haya resistencia, mientras la vida y el amor no se puedan instalar en “el ahora”, el presente se llenará de dolor, de angustia, de temor y el agua se seguirá estancando.
Yo no me puedo permitir ese sufrimiento. No estaría siendo justo para conmigo. No estaría respetando mi vida, no estaría a la altura de mi entrega ni de mi amor.
Miro hacia fuera por la ventana. El cielo vuelve a mostrar su azul después de 4 días de lluvia y gris y un rayo de sol pinta doradas las pocas hojas que aún quedan en el árbol del patio. En un par de semanas ya se habrá instalado el invierno en esta por momentos tan lejana Berlín.
Mientras mi mirada se distiende perfilando sombras y se desliza por las siluetas de las ramas, mis pensamientos vuelan…
Recordaba una anécdota de Ayacucho, el lugar donde está el campo de mi padre y que dentro de las coordenadas de mi vida ocupa un sitio preferencial de cruce de caminos… tantas historias, tantas vivencias que cambiaron de algún modo, y definitivamente el curso de mi vida.
Se trataba de aprender a ver. En lo particular, Ismael (que todavía no había decidido despedirse de su cuerpo) intentaba que yo le dijera dónde estaba escondida la liebre delante de nosotros. Estábamos recorriendo uno de los potreros del campo, yo en mis once o doce años, gordo de admiración y ebriedad por esa corriente de vida tan bruta que intuía por primera vez, que me impedía, aún sin poder palpar su existencia, seguir admirando tanto cuadro sinóptico y orden escolar. Nadie me había hablado de todo esto. El campo era un secreto.
Yo sentía las voces de su llamado pero aún no entendía su lenguaje. Y por primera vez en mi vida, preguntar el porqué, no servía de nada. Las respuestas a mis inquietudes venían solas y en un orden no previsible. Lo único que se podía hacer era estar atento y esperar. Desde ese entonces se me empezaron a llover los ojos.
-“En esas pajas”-, le dije a Ismael señalando con la punta de mi dedo de brazo extendido. Él se rió, revoleó el rebenque por sobre su cabeza y lo arrojó hacia otro grupo de pajas. Se sintió un golpe seco y la liebre emergió de un salto (su último salto) para caer muerta sobre el pastizal. –“Andá a buscarla”-, me dijo. Me manché las manos con sangre caliente y mientras él limpiaba el cabo del rebenque en los pastos me dijo: -“tenés que mirar a lo lejos, sin prestarle atención a nada. Entonces vas a ver”-.
Se trataba de no enfocar la vista. En ese estado el ojo percibía cualquier movimiento, hasta el más mínimo. Empecé a ponerlo en práctica y resultó. A partir de ese día, cada recorrida me extasiaba. La Pampa empezaba a mostrarme algunos de sus secretos. Por primera vez veía. Y donde antes sólo percibía una llanura un tanto monótona, leía ahora, como en un mapa, una cantidad enorme de información. Aprendí a leer el significado de los vuelos del tero, descubrí sus nidos, adiviné rastros. Desde ese entonces aprendí a ver, y paradójicamente para hacerlo no había que mirar sino desenfocar y tomar distancia.
Claro que a mí los hábitos me toman de lleno y por analogías empecé a ver muchas más cosas que los vuelos de los pájaros. Pude ver a las personas y sus tristezas. Vi el egoísmo y la maldad ocultos en el pajonal de al lado. Vi tanto desperdicio de vida entregada al juego de la materia y su manipulación. La producción, la rutina, el rendimiento. De cualquier modo empecé a sentirme rico y privilegiado. Y fui consecuente. Tomé distancia para poder ver. Y vi. Pero quedó la distancia…
Estoy tratando de entender el significado de esa soledad en lo existencial. Pero soy una persona privilegiada. Sigo despierto y con ganas de aprender. Estoy tratando de limpiar la vista de tanta distracción grosera y mezquina. Me queda tanto por hacer…y mientras mis ojos vuelven a querer captar este último rayo colándose en el patio, imagino que mucho de lo que me queda por hacer va acompañado de otro nombre.
Mi nombre es Osvaldo Puente. Nací en Buenos Aires, Argentina, y las circunstancias de la vida me han hecho emigrar hace ya casi 20 años de mi país. De algún modo, la historia se repite cíclicamente y si hace unos 60 años la Argentina se había transformado en tierra de promisión y de generosa acogida para con los inmigrantes europeos, el transcurrir del tiempo y la conjunción de ineptos gobernantes, dictaduras militares (apoyadas y subvencionadas por los países europeos y estados unidos) y un enfermizo deseo de enriquecimiento rápido que instaló la corrupción en todos los niveles de la sociedad hicieron que muchos en mi país tuvieran que tomar el camino de la emigración. Mi abuelo (gallego de origen) había hecho el camino inverso en el año 1924, alentado por comentarios de bienaventuranza y alejado por una hambruna que en España hacía emigrar a muchos de sus ciudadanos hacia mejores destinos. Aún conservo familia en España y para mí siempre ha sido un país muy querido.
Hace ya dos años las “casualidades” de la vida hicieron que topara con el pueblo de Navajas. Venía con mis hijas (estoy divorciado y ambas viven con la madre en Alemania) a pasar un día y me enamoré inmediatamente del lugar. Estaba en ese entonces viviendo en la ciudad de Valencia y llegar a este pueblo fue como un sueño hecho realidad. Volvimos aquí en varias oportunidades y lentamente fui tomándole cariño al lugar. Sin pensarlo demasiado, alquilé un piso y me mudé a vivir en él. Me dejé ilusionar nuevamente (el emigrante siempre busca un sitio en el que poder volver a sentar sus raíces y Navajas aparecía ante mis ojos como una posibilidad). Todo lo veía con buenos ojos y decidí invertir los pocos ahorros que tenía en una promoción de viviendas que estaba realizando el señor Benjamín Torres Aucejo. Mi ilusión era grande, mis sueños aún más y me embarqué en ese proyecto, alentado por las palabras de Benjamín y en mi afán de confiar en alguien y en algo. (El tiempo luego me desengañó y terminó dando la razón a comentarios que provocaban la sola mención del nombre de Benjamín y para los que lamentablemente no tuve oídos porque necesitaba creer en la bondad y la rectitud de las personas).
He conocido en este pueblo a gente maravillosa que han hecho mi estancia aquí muy agradable:
Rosalía: mi primer contacto con la gente del lugar y cuyo enamoramiento con Argentina fundó enseguida un lugar común para el afecto. De ella siempre he recibido una sonrisa amable, una ayuda cuando fue necesaria y mucha comprensión.
Pili: entonces a cargo del Look, una persona maravillosa a quien extrañaré mucho y que también brindó mucho afecto y cariño a mi persona y a mis hijas en sus visitas vacacionales al pueblo. Y lo mismo que su hermana Ana y el resto de su familia. Gente cariñosa, atenta y servicial. A través de ella fui conociendo a muchas otras personas del pueblo al hacerme socio de la peña del Barcelona.
Miguel: mi proveedor de periódicos y compañero de caminatas. Con él aprendí a conocer el entorno del pueblo, sus montes cercanos, sus sendas y algunos de los secretos de la tierra. Junto a su mujer y su hermano Rafael sentía el contacto con la tierra, el conocimiento del lugar y la historia del mismo.
Sancho: el criador de perros y cazador con el que tuve muchas charlas, balcón de por medio. También fue persona muy atenta y amable siempre conmigo y mis hijas.
Y tantos otros más: los argentinos Franco y Diego, Boro, Miguel Ángel, el Periquito con su familia, Paco, Sergio y la gente del Tapias, la Policía Local, la gente que atendía la piscina en el verano……… y un etc. muy largo de gente que siempre me respondió con una sonrisa y la mano abierta.
Supongo que muchas de las personas que lean esto me habrán conocido, habrán visto a mis niñas y se habrán dado cuenta del tipo de persona que soy. Siempre he intentado comprender, y respetar la idiosincrasia de este pueblo. Siempre mi acercamiento fue con respeto y aceptación. Me sentía muy a gusto viviendo aquí.
Las circunstancias de mi vida en ese momento en el que todo parecía tan bien encaminado me han vuelto a jugar una mala pasada. Mi padre yace enfermo en Buenos Aires desde hace ya más de 6 meses y desde entonces me he visto en la obligación de cambiar radicalmente mis proyectos. Todo el dinero que podía ahorrar con mi trabajo era enviado allí para solventar gastos que hoy en Argentina son inmensos. Al punto en que tuve que abandonar al proyecto de tener mi propia vivienda. Una vivienda con la que tanto había soñado, que había diseñado a mi medida pensando en una futura convivencia con mis hijas y en la que había sentido por primera vez que tantos años de emigración llegaban a un punto final. Tuve que tomar la decisión muy a mi pesar, de abandonar el proyecto y tener intentar vender el piso. La situación económica o inmobiliaria en España cayó en ese momento en una situación de estancamiento que detuvo la posibilidad de ventas. Los meses pasaban y la fecha de la entrega del piso se acercaba. Viendo que el problema no tenía solución, acudí a Benjamín comentándole mi problema. El me dijo que no me preocupara que si yo no podía venderlo, lo vendería él y me devolvería el dinero que había invertido en su momento quitados los intereses que había tenido que pagar durante ese tiempo (le agradecí enormemente y seguí creyendo en su palabra). El dinero seguí siendo insuficiente y tuve que aceptar una oferta laboral que me ofrecieron en Alemania para la que recibiría una remuneración económica más alta y que me permitiría hacer envíos mayores de dinero a mi país. Volví a hablar con Benjamín para decirle que a fines de Enero dejaba Navajas y que quería solucionar el tema del piso. Para mi sorpresa (al final, y como decimos en mi país, todos muestran la hilacha) el señor Benjamín Torres Aucejo vino al piso que alquilo y en elevado tono de voz me dice que seguramente yo había entendido mal porque él nunca me había dicho que me devolvería dinero alguno, que además está firmado en el contrato y que si dejo la vivienda es mi problema (encima se permitió la grosería de sugerir que mi decisión le acarreaba a él una serie de inconvenientes económicos. Soy persona confiada y tuve el privilegio de tener una elevada educación universitaria. Nunca fui negociante porque me resisto a esa forma de vida que privilegia la palabra escrita y firmada sobre la palabra que surge del corazón de las personas. Pero tanto yo como cualquier persona con un mínimo de criterio sabe que esto no acarrea ningún tipo de inconveniente económico para el señor Aucejo sino que por el contrario le permite hacer una doble ganancia. El día que venda ese piso no solo ganará la diferencia del crecimiento natural económico sino que además se habrá quedado con 15.000 euros de más: “mi dinero”).
Asumir el acto de percibir como un flujo continuo? o como una experiencia jalonada de hitos, de secuencias acotadas en el tiempo y en el espacio? Lo absoluto y lo real, los dos axiomas entre los que discurre el complejo mundo de nuestro entendimiento.
Quizás la costumbre, tal vez la ineptitud, con toda seguridad el miedo, nos hayan impuesto esta necesidad del fraccionamiento, este hábito cientificista de la disección, de la separación de partes, en la bienintencionada ilusión de un re-ligar (religión) posterior que permitiera al ser humano asumir condiciones de demiurgo. Hábito que define nuestro día a día en secuencias de contexto: temporales (años, meses, días, horas…) espaciales (arriba, debajo, delante, detrás……) sensoriales (sueño, vigilia…) etc. La posibilidad de cuantificar, de sopesar, de medir, de ubicar y catalogar, que nos permiten asegurar una suerte de tranquilidad existencial en el de otro modo inefable transcurso.
Y cada parte, cada fraccionamiento, cada secuencia, identificables por un comienzo y un final (los dos hitos que acotan su extensión).
El nexo entre secuencias resulta entonces un punto clave de la existencia: el momento del paso, la inestabilidad y la incertidumbre, el único sitio donde el cambio de curso tendría posibilidades apriorísticas de suceder (el accidente no se considera como variable hasta su consumación). De allí que se haya ido desarrollando toda una cultura del portal, la idolatría del acceso. El rol del guardián (la persona, la estructura, el gobierno cuya función sería la de ejercer el control y cumplimiento de los requisitos que permitieran incluir una experiencia en una de dichas categorías (físicas, mentales, temporales). Así es el reloj el que nos determina la pertenencia de una situación a una hora particular de un particular día. Es el idioma el que nos incluye en una secuencia cultural determinada. Es una puerta las que nos pone a prueba en la dialéctica de exclusión-inclusión que daría una apariencia y una entidad a nuestra experiencia.
La puerta entonces es un filtro, ya no solo un lugar de paso, sino también el lugar por el que se accede (o no) a una determinada entidad (cultural, temporal, física). La aduana nos introduce o rechaza de una cultura, la puerta nos permite o no acceder a un concierto, el detector de metales nos transforma o no en personas merecedoras de confianza.
Obviamente, vivir cotidianamente con el registro de todos estos controles haría prácticamente imposible la posibilidad del transcurso de nuestra experiencia, ya que en vez de vivir nos pasaríamos haciendo un recuento, suplantando la experimentación por el racconto clasificatorio. Entonces la amnesia resulta casi necesaria. La pérdida de atención, imprescindible.
Pero el arte está para abrir precisamente puertas y canales de percepción. Para someter los sistemas aceptados a nuevos interrogantes. Para finalmente asumir que la vida no acaba jamás de definirse. Dentro de este marco teórico habría que entender esta intervención artística. Una intervención que intente llevar al nivel conciente esta manera rudimentaria con la que hemos diseñado nuestra incapacidad de asumir la existencia como un todo. Que permita, aunque sea por un instante, tomar conciencia de nuestra participación diaria, cotidiana, permanente en esta suerte de deambular entre espacios físicos, mentales, sensoriales que nos definen como aptos o no aptos, como partícipes o excluidos, como integrantes o como exportadores. En definitiva, tomar conciencia de que estamos dentro o estamos fuera, y aunque parezca mentira, somos nosotros los que trasponemos las puertas.
14 de un Diciembre
Ondas que se expanden sobre el plato cristalino. Arracimadas partículas de azul líquido inaugurando posibilidades de horizonte. Superficie amoral que se nombra por la condena del verbo. Espuma blanca arrinconada en uno de sus límites; en el otro, aire y agua comparten postal.
Es el momento, ha llegado la hora………innumerables gotas se precipitan sobre mi piel al emerger y salir de la bañera
15 de un Diciembre
-¿Y el canto del hornero?… ¿el rocío escarchado?…
Hay una niebla (la de Julio en un Sur tan lejano…cuando la parición de las ovejas), una pared blanca que se va abriendo con el andar. El horizonte es sólo hacia abajo. Mis botas afirmadas en los estribos atravesando el vapor caliente del sudor del sobaco animal. El poncho se va sembrando de gotas de rocío en el tejido. La mano, agarrotada por el frío, con los dedos en forma de hueco entre las riendas. No hay un más allá. Sólo el balido de las ovejas como único y posible rumbo…
Seguir sonidos y no ya formas. Las formas llegaban mucho después, como espectros a través de esa niebla. Sólo al final, cuando ya se olía la sangre de la matriz dada vuelta. Una mezcla de orines y calostro. La viscosidad caliente de la placenta, entre vellones enrulados de lana amarilla maíz, entibiando la carne de mis dedos que late y duele. El latido del cordero recién nacido (como una presión en la palma de mi mano), el mío como un parche sordo…Y jalar desde ese líquido calor…Jalar hacia la niebla para separar. Un desgarro para otra vida, entre balidos de dolor, sangre y excremento apolillado… Sacar rápido la mucosidad de entre los huecos del hocico para que penetre esa primera bocanada de aire, de niebla… Meter la mano en la boca para quitar todo ese moco entre la lengua y vaciarla para que se llenen de aire los recién inaugurados pulmones, que devolverán el primer sonido… Restregar toda esa melaza caliente por la cabeza de la madre como lavándole la cara con su propio humor, para que reconozca y no olvide o abandone. Tiembla entre las pajas, mientras una columna de humo se levanta de su cuerpo…Hace tanto frío
16 de un Diciembre
Así tendido con la cabeza de lado, el olor de los pastos todavía húmedos por el rocío… Era extraño….no sentía el cuerpo. Solo la mano derecha que alcanzaba a ver extendida con la palma hacia arriba. No recordaba ni sentía nada. Lejano el monte de eucaliptos del Rosario. Nunca lo había visto así, desde la tierra. La cara pegada a un barro de líquido rojo, caliente. ¿Era sangre?
¿Qué demoraba el transcurso de este tiempo? ¿Por qué no podía moverse? ¿Cuánto llevaba así?
Oyó el relincho del zaino y empezó a recordar…Lindo andar… lo que le había costado tirarle de la boca…pero había valido la pena porque tenía un andar liberal, arrolladito el cuello y haciendo sonar la barbada chasqueando espuma en la lengua. ¿Cuántos caballos había ya domado? Se le escapaban los recuerdos y le entraba el sueño. Ahí está el zaino, con el cuello gacho comiendo pasto, las riendas en el suelo. ¿Pero porqué no estoy yo encima? ¿Qué hago aquí tirado? Quizás mejor echarme una siestecita y después sigo la recorrida….
La pareja de galgos apareció ante sus ojos. La perra en celo se dejaba montar por el macho que fornicaba salvajemente. Fue la última imagen que vieron sus ojos antes de cerrarse.
Encontraron a Horacio tirado en medio del potrero con el cuerpo aplastado y reventado, solo un brazo extendido y la cabeza. A su lado el zaino que estaba domando con el lomo lleno de tierra y restos de sangre y pastos que habían quedado después de la caída y el apretón.
En las casas Elena seguía mirando hacia el camino.
¿Quién me contó esto?
Diciembre en sus 17
¿es la altura la única limitación de densidad? ¿Porqué solo son 4 los cardinales puntos de nuestra geografía? como si bajar o subir no implicaran traslado cartográfico alguno. Estar dentro no es estar sino más bien no haber salido.
Negro el 18 de un Diciembre que no es otro
¿Qué queda en el hueco de las palabras pensadas y no dichas? ¿Dónde se arrincona el descuido? ….”y mientras miro, gira la cuchara de café…..”. El olor de la gomina Glostora, gelatina azul que en las manos de Manolo obraba milagros escultóricos en una cabellera siempre cristalina. Hasta dentro de su ataúd llevó el pelo engominado, la raya perfecta y la hilera de surcos por los que ya no volverían a jugar mis dedos. El llanto de la tía Luisa y el olor de los Tilos en su calle. ¿De dónde llegan los recuerdos? ¿Es el pasado que se nos rebalsa, o un vacío de presente que se ahueca? ¿Y a dónde van? A vos que lo estás leyendo….. para alojarlo en estante nuevo de memoria ajena.
Quiero inventar la ciencia de los abrazos a ver si conseguimos inventar uno grande que nos incluya.
19 de Diciembre en los 50 de Alex
¿Dónde andará mi Don Marcelino, tan parecido al Don Belisario de Carlos…. que se me arrincona en un lugar del recuerdo y lo veo allí paradito con un pie apoyando la alpargata desbigotada sobre la primera línea del alambrado, los brazos en cruz sobre el poste y mirando siempre lejos, al horizonte, buscando algo que solo con los años empecé a comprender pero que ya entonces me intrigaba?. El cigarro liado a mano siempre apagado y colgando de sus labios coartados. Los dedos como morcilla con la forma ya inmodificable que adoptaban al llevar las riendas de su gateado y unas uñas que iban acumulando aquella tierra de la que nunca llegaría a ser dueño. Su sonrisa era infantil a sus 80 años y siempre daba la impresión de que a pie no estaba del todo completo, le faltaba siempre su caballo entre las piernas. La pampa se le metía en el rancho y era suelo de su habitación. Me regaló un par de palabras que atesoro y comparto poco. Pero de algún modo que intento comprender, me sigue acompañando en esta forma tan distinta de reserear que después se transformó en mí día a día. Yo delante cuidando que no se espanten las vacas y se parta la tropa y él por detrás arriando lentamente, como acompañando con una mano invisible en una actitud que aprendí también con el tiempo a descifrar.
Hoy supongo que andará libre por allí…pero una parte suya se me ha quedado pegada, porque el exilio no es sólo “un maravilloso homenaje a nuestros orígenes” (que diría Fuentes), sino también el modo que tiene el recuerdo de transformarse en identidad.
20 último día en Diciembre
Recuerdo y esperanza, hijas pendulares del presente que estiran los brazos de nuestro sueño. Como la niebla… que no impide ver los objetos sino que los reduce simplemente a su esencia, privándolos de todo artilugio de superficie. ¿Qué define mejor al pasto, su forma y color, o su olor? ¿Qué completa más a una persona, su piel o su intento? La lluvia lava, la tierra absorbe, el río fluye, el viento sopla (nadie sabe de dónde ni porqué), y el hombre…………
Giro sobre sí mismo en órbitas de traslado…………, pero hace falta tanto verbo? O ¿será simplemente el hablar un vicio que nos cobija del miedo? Quizás el hablar tenga sentido por el espacio que crea entre las palabras………como la niebla.
Diciembre en el 21 de sus días
Ismael se llamaba, y seguramente nunca en su vida tuvo noticias de Melville. Su suicidio (apareció colgado con un tiento del tirante del galpón), no reparó ni dio descanso a la infidelidad de su mujer. El me enseñó muchas cosas, no sé si intencionalmente o no, más bien creo que se trataba de esas personas que actúan a modo de posta de correo, entrega y partida. Para entonces mi visión del campo era de tal ignorancia que me abrumaba toda esa extensión en la que simplemente no pasaba nada. Pero con él aprendí a ver: la liebre entre las pajas, el tero agazapado en su nido, el silbido de la perdiz en su vuelo bajo delatando la nidada. ¿Cómo hacés Ismael para ver todo eso, yo no veo nada? estábamos los dos a caballo de recorrida una mañana. -mirá adelante y decime si vez a la liebre- paramos los caballos y esforcé la vista hasta el dolor, pero solo veía pajonal y tierra – No veo nada.- Alzando la mano revoleó el rebenque y lo lanzó con fuerza hacia unas pajas que no estaban a más de 15 metros delante nuestro. El impacto gimió y una liebre cayó muerta delante de mis ojos. -Cómo la viste? le pregunté. -Para ver tenés que mirar hacia adelante pero sin fijar la vista, si fijás la vista en las cosas, no vas a ver nada-.
Esta frase que en principio se relacionaba con la situación que estábamos viviendo, se transformó, luego de unos años de reflexión en una lección de vida. A partir de ese momento dejé de fijar la vista y un mundo nuevo se abrió a mis ojos.
Los dos patitos de Diciembre
Mirar hacia arriba y hacia abajo como una manera distinta y olvidada del viaje. Lo no visto, lo no dicho, aquello que sin darnos cuenta hemos dejado en desuso. Las siestas sobre el pasto adivinando mundos de nube. El olor de los ramitos de jazmín en los febreros lejanos. Las glicinas de patio de barrio o el tilo de las calles de algún otro lugar por el que ya no volveremos. El charco de agua. Contar los pasos sin saber bien porqué.
Al fin y al cabo ¿habrá algo en realidad de lo que sepamos bien el porqué?
Un víspero en Diciembre
Una palabra que no sea respuesta sino pregunta, o en todo caso invitación. Como una puerta abierta que no someta ni prohíba. La aceptación….qué difícil cuando hay miedo! Buscar en los reflejos, en los pliegues y en las sombras porque muchas veces la superficie se ha cansado ya de ser manipulada y como el caracol retrae su savia a los lugares íntimos de los objetos. Una cultura de la ausencia, una forma de vida nómada o la aceptación definitiva del viaje como última y primera actitud. Viaje iniciático claro (no hablo aquí del coleccionismo de postales tridimensionales y con fecha). Aquél tipo de movimiento que sin necesidad de meta, de destino final siga dándonos sensación de permanente llegada…y partida.
Quizás cuando se suspenda la actividad se terminen de meter las nubes en nuestros ojos para terminar de borrar tanto imaginario ajeno y falso.
Recordar será un verbo tan parecido entonces a recuperar…..
Diciembre entre sus finales
Cosas para recordar: aquellas que aún no hemos vivido. Juntar así los extremos del tiempo para que pasado y futuro se unan en nuestro centro. Cada mañana, cada tarde, cada atardecer y cada noche desprestigiados por nuestra falta de atención. La manía insípida de acumularnos pesadumbre y nubes de tormenta entre mis ojos y vos.
Ayer dejó de llover, hoy brilla el sol y me da pereza cósmica establecer en ello una causalidad moral. Gira y gira……. ¿Porqué nadie nos explicó que la calesita anticipaba ya…
el viaje, el recuerdo, los olores, los amores, los sueños, las aguas en las que nos hemos bañado, las tierras que hemos pisado, las hojas que nos han acariciado, la lluvia que nos ha mojado, las miradas en las que el espejo nos ha observado, las manos que hemos tocado (cuántas?), los abrazos que no hemos ni clasificado, ni contado…. Y el remolino de nombres, fechas, datos enturbiándolo todo.
Hoy tiendo esta mano para poder tocarte sin filtros, llegados a aquél lugar en el que todo se suspende y solo estará la vida, la muerte, el espacio, vos y yo.
25 y un quemado para que Diciembre brille.
Camino por el lecho de un río contando guijarros… El comienzo creo que fue una línea y su atracción convocó al verbo. Si como decía Matisse: nacemos con un verbo y nos pasamos la vida simplemente conjugándolo…. Quizás las formas del pluscuamperfecto se expandan hasta intentar unir orillas (la de mi río con la de este otro lado).
Aquí el sol se inclina para el otro hemisferio y desde entonces no he podido recuperar el sentido del sur (tengo que pensarlo antes). Pero me gusta mirar al cielo porque es uno de los lugares donde el pluscuamperfecto se suspende.
Los enigmas del viento (el único paria tan conciente de sí mismo que he conocido, sin origen ni destino, metáfora del viaje eterno…).
La obstinación solar con su interminable y siempre nueva forma de estrenar y acabar los días.
La redondez del ciclo del agua que me protege de la necedad del desarrollo y el pensamiento lineal. La paciencia vegetal avergonzando mi descuidada premura.
La aceptación animal mirando siempre desde lo lejos, desde el lugar donde se diluyen los juicios.
Creo que es momento de dar gracias.
Diciembre en el 26 de sus días.
El frío como un poncho echado a la espalda transformando el cuerpo en una hoja de papel con dos caras: la de atrás oscura y fría casi invitaba a ignorar su existencia, la de adelante, brillante y caliente reflejando las llamas del fogón que ante mis ojos ofrecía su mejor danza.
Las manos con las palmas hacia el frente como en un ridículo gesto de detención, cuando en realidad lo que más deseábamos es el avance incontrolado de ese calor para sentir que el cuerpo seguía siendo una parte de nosotros.
Las piernas en cuclillas (cuando todavía podía adoptar esa postura) y los codos apoyados sobre las rodillas, con los brazos extendidos esperando pacientemente la llegada del turno de la ronda del mate.
La pava tiznada y oscura sobre un leño en brasas.
No se hablaba y sin embargo era tanto lo que se estaba diciendo… A lo lejos el cielo dejaba colar la primera claridad y el contraluz dejaba entrever la caballada a lo lejos, en el potrero. Esperaba con ansiedad las palabras que me habilitarían a internarme en lo oscuro siguiendo el rastro de olores y sonidos hasta conseguir echar a todos los caballos dentro del corral para ensillarlos y empezar la recorrida de la mañana. Más tarde amanecería. Más tarde el calor haría transpirar la piel. Más tarde, la luz transformaría de modo casi irreconocible este decorado en el que ahora y por este instante la vida entera se resumía en un mate caliente pasando por el garguero.
27 en Diciembre
Cuando el umbral nos rehúse
su cuarto continuo
Cuando no exista un otro lado
que nos seduzca al tras-lado
Habrá que tapiar entonces con reposo
su hábito de vaivén sin moraleja
Y enjuagar con hilos de arena
nuestra ceguera de centro
Y empapar con tierra caliente
nuestro olvido equidistante
Y detenerse
aunque nadie nos vea
Diciembre en sus únicos 28s
Una línea en Ayacucho, la que señala los inicios y limita los finales, fue la que por primera vez redujo en mí la representación del transcurso. Enormes piedras caían silenciosa y plácidamente sobre la superficie del agua demorando indefinidamente las horas. Sin sonido se sumergían y desaparecían. Todo acontecía. El silencio se expandía en tres dimensiones hasta abarcarlo todo. El paisaje adquiría una diáfana sordidez. Tomé aire y llené mis pulmones.
Llegado a ese punto desolador en el cual por máxima concentración, se disipaban para siempre los hilos que hasta ese entonces mantenían la unión de las redes de lo cotidiano, sobrevino con la contundencia de lo obvio, el vértigo de lo ilimitado. Hacia arriba y hacia abajo.
29 apurando los fines de Diciembre
Tal vez sea esto llamado vida
el espacio que media entre dos preguntas
o las dos caras de un mismo interrogante
sin llegar a ser nosotros su respuesta.
¿Cuándo se sosegará la desmedida ambición que tanto miedo nos ha espantado?
Detener no ya el transcurso del tiempo pero sí quizás su denuedo contabilizador, el afán coleccionista, la sumatoria de huecos (con nombre pero vacíos al fin) y olvidos, la ilusión siempre postergada, el te quiero supuesto y no dicho, el ejercicio del perdón (hacia los demás pero sobre todo hacia nosotros mismos por haber desorientado tanto la brújula).
Parar, detener, aquietar, hacer silencio, quedarnos quietos un instante, levantar la mirada, ver a nuestro alrededor y darnos cuenta que ahora mismo, en este preciso momento, en el segundo preciso en el que nuestra mirada se detiene y descubrimos finalmente el horizonte cercano… en este preciso instante no hay ningún obstáculo entre la felicidad y nosotros.
Feliz fin de año
30 en diciembre poco antes
Un vacío que no sea el día después. Que no represente el fin de la acción, ni siquiera su ausencia. Un hecho sin tiempo, macizo en el lado de la espalda pero sin peso. Por el frente, una sombra semejante a un resplandor. Un contraluz de sentido. Como dar vuelta un guante y seguir reconociendo la forma de la mano. Quizás la tentación de un posible olvido, pero permanente, sin recuerdo. Casi como antes, si no fuera porque entonces el tiempo ya no tendrá medida. Eso es, la completa y definitiva disolución de cualquier borde. Hasta el de las palabras que nombran. Atracción y rechazo en paralelo movimiento.
A la ronda, a la ronda que el vacío se me hizo rueda y estando en el medio ya no soy centro.
Mi único envolvente es lo ajeno
Diciembre en el 31 de sus finales
Otra despedida más. Y ya iban tantas que por momentos le costaba entregarse a la nostalgia del recuerdo porque en el último tiempo empezaban a confundírsele ya los nombres de lugares y personas, las fechas y los horarios. A fuerza de repetir adioses empezaba a sentir que todo era un presente de una continuidad indisoluble que empezaba a trastocarle geografías y costumbres…
El alba de enero
Un comienzo que no sea inicio sino transcurso para debilitar a la soberbia hasta el raquitismo de su inoperancia. ¿Porqué tanta necesidad de clasificar? entiendo el nombrar cuando se acerca más a la caricia poética que a la enumeración de distintos, pero ¿si se nos está escapando la música del verbo?, ¿si los sonidos dejan poco a poco de jugar entre nosotros y se transforman en meros atributos…?
El paseo matutino, o vespertino. Las acciones sin objetivo predeterminado. Las charlas entre uno y sí mismo. Los reconocimientos de espejo. Las persecuciones implacables de propia sombra. El aire que nos penetra y expulsamos.
Son tantas las oportunidades de dejar huella… Pero huella anónima para que el relevo tenga sentido, para que haya un otro que pueda tomar el testigo y continuarla. (claro que antes deberemos dejar de firmar autorías vanas, y abandonar la idolatría de nombres y apellidos).
Camino por el lecho seco de un río, contando guijarros…..
y aunque distinto sé que la soledad es quimera
Enero al dos
Mi trabajo no entiende de horarios o de rendimientos. Rodeado de todo aquello que la mayoría ignora o no puede ver, simplemente traduzco para evitar olvidos. Una suerte de abrigo contra la intemperie del alma, aquella a la que desde chico avizoré y que tanto tiempo me llevó incorporar a mi cotidiano. Quizás haya resultado tan difícil por el enorme bulto de descuido ajeno. ¿Cómo aceptar como extraordinario aquello que se nos manifiesta a cada segundo?, ¿cómo renunciar a lo evidente y cegarse a tanto horizonte abriéndose a cada cambio de viento? ¿Y cuando el cuerpo no se corresponde con la edad? ¿Qué pasará entonces, en el momento en el que ya no haya respuesta posible a la ambición de la materia y el privilegio de la juventud nos comience a mostrar su otro lado? ¿Habrá tiempo entonces de retomar, de convocar? o será la hora de los vanos arrepentimientos? Quiero crecer parejito y a veces parece una utopía romántica….
Sigo por el lecho del río, no tanto por ambición sino porque la vida me resulta gratamente inevitable.
Jueves terciando el enero de un año que decimos nuevo
-¿Tanto tiempo pasó ya?
-Sólo fueron los años de tu edad.
(Primero fue un impulso profundo, suficiente para trazar una dirección. Después, ya en camino, nos enfermamos con el hábito de mirar por la ventanilla, con el pensamiento ya instalado de que cada dirección tomada engendraba infinitos rumbos que quedarían, por siempre, huérfanos de recorrido. Y nos habituamos al desamparo. Nació así la costumbre de nombrar y de explicar el olvido. Y con ella nos tapamos, porque la duda siempre ha dado frío.
Sentimos por primera vez la piel cuando rozamos el abismo. Supimos así, sin confesarlo, que nombrar no abriga, y cuando terminamos de enjugar el llanto, nos fue entregado el manto de la poesía. Con él, vino el calor y nos abrigó a quedarnos)
Enero el cuatro
Caminata por las calles de Olivos en el Sur próximo y lejano. Árboles inmensos (no en altura sino en presencia) y el sol gambeteando entre sus ramas, deslumbrándome en cada adoquín. No sé ya cómo hacer para dirigir la mirada. Me someto al capricho de tanto destello. Las puntas de las ramas con brotes nuevos. Es el comienzo de la primavera. Las raíces no reconocen cuadrícula y revientan las baldosas (la presencia ineludible de lo inmenso, siempre al acecho…).
“El mate es como escuchar la radio, acompaña y despierta la imaginación” me dice un señor que ha inventado un dispensador de yerba mate y fabrica todo tipo de artilugios relacionados con tan querido ritual. Charlas con gente que no conozco. Mucho cariño…
¿De dónde salen todas estas cosas? ¿Qué determina el que un cajón de recuerdos se abra de esta manera tan imprevista e ineludible? Las manos del azar, amalgamando componentes, elaborando una masa elástica sobre ¿qué mesada? Comparto palabras con personas queridas. Algunas rebotarán con ecos inesperados. Otras quedarán adormecidas en otros cajones, en otras memorias, esperando otra impredecible aunque segura horneada. En definitiva nos pasamos la vida cambiando cosas de lugar, transformando materia y espíritu. Una mudanza eterna que al igual que el viento…. no sabemos de dónde proviene ni a dónde va.
Sábado en el cinco de enero.
-¿Quién pensará en la Luna en la noche de su nombre?
-No lo sé.
(Quizás esté bien que así sea. Demasiadas palabras para justificar tanta nube encarnada en el mirar, tanta necedad y tanto olvido. Tantos regalos descuidados. Sigilosamente me he ido convirtiendo en depósito de caricias no entregadas. Tengo la nariz llena de perfumes no regados. Se me agolpa en el pecho un pañuelo, húmedo en ausencia de andén. ¿Será el rocío de tu llanto?, tu Santa Rita en el verano de mis quince?
Enero 6 de domingo.
Cada vez que bajaba la escalera lo abordaba el mismo pensamiento, al punto de creer que esa imagen que se le venía a la mente y la diaria acción que realizaba para salir a la calle eran todo y parte de lo mismo. Por razones que se le escapaban a su comprensión, era incapaz de recordar el momento de su nacimiento, el preciso instante en que sus ojos percibieron la primera luz. Y sin embargo, cada mañana, mientras descendía en completa oscuridad (no quería encender la luz) los peldaños que alejaban su vivienda de la calle, al llegar al rellano que lo separaba del exterior, en el momento de abrir la puerta, cuando los rayos del sol que a esa hora daban en el portal entraban en sus pupilas y le ardían en una zona profunda de su cabeza, en ese instante, su corazón alcanzaba un ritmo frenético de palpitaciones y solo podía imaginarse saliendo del útero materno, su primera respiración en la calle era siempre inaugural de pulmones. Nunca comentó el hecho con nadie de su entorno. Pero sé que ha decidido suspender la medicación que le recetara el psiquiatra. Desde entonces se siente casi feliz formando parte del mundo gris, cotidiano y anodino que lo rodea.
Enero el 7 en su lunes de tristeza.
No es que la lluvia lo pusiera melancólico. A veces creía que a lo largo de su vida fueron tantas las imágenes que había visto en las que un día de lluvia se asociaba con una situación de despedida, de muerte, de pérdida, que era por eso, y sólo por eso que cada vez que se quedaba con la mirada clavada en el cambiante reflejo del asfalto mojado, se le venía esa oleada (así lo sentía como un flujo y reflujo de marea) de ambigüedad. ¿Y si la historia del cine, las letras de los tangos, tanta literatura romántica hubiera confabulado su lenguaje de metáforas y hubiera acompañado desenlaces amorosos, despedidas funerarias, replanteos existenciales, con imágenes radiantes de rayos de sol, de luminosidades incandescentes, de calores bochornosos?… (Nada aturde más a la mente que el des-contexto).
-Marcos, en un minuto salimos al aire….
-Una fuerte borrasca se acerca mañana por el noroeste peninsular dejando rachas de lluvias moderadas a fuertes en todo el frente de la cornisa Cantábrica, las temperaturas seguirán en descenso y un frente frío proveniente del continente dejará precipitaciones en forma de nieve……
Enero el ocho
-Despertate Carlos, ya son las siete-. El primer pensamiento: otro día al cole….menos mal que hoy ya es viernes. Tengo que acordarme de llevar el cuaderno de matemáticas. Hoy nos toma prueba el chancho Repetto. Tengo que recuperar el cuatro sino me la llevo a Diciembre y chau vacaciones en la playa, chau veraneo con Teresita (tan divina….este verano le digo que la quiero y le doy un beso). Ya casi estoy. A lavarse la cara para ver si se me termina de ir este sueño. Me encanta el olor del café con leche que viene de la cocina. Un par de galletas mojadas, el guardapolvo, la valija (el cuaderno de matemáticas), el beso de despedida de mamá y su recomendación de todos los santos días: tené cuidado.
-Despertate Carlos, ya son las siete-. La primera imagen: un cuarto en penumbras, la luz entrando en tajadas oblicuas a través de la persiana cortando los objetos en segmentos azebrados. El calor dentro de las sábanas. Doy vuelta la cabeza y veo el hueco vacío en la almohada donde hace media hora se encontraba todavía la cabeza de Marta. ¿Cuántos años ya? Aún mantiene el mismo perfume de cuando se conocieron…(se le dibuja una sonrisa en el rostro). Odio el traje, la puta corbata…Y la divina de Marta diciendo que estoy lindísimo (para alentarme), un galán de telenovela (algún día la voy a llevar al oculista pero sin que se ofenda claro). Espío en el cuarto de los mellizos, aún dormidos. Cómo crecieron…. si parece que hubiera sido ayer que los tenía en mis brazos y ahora ya empiezan con esto de querer afeitarse… Mejor no me miro al espejo. Hoy es viernes por fin…. Cuando vuelva, cuando tire el maletín al sillón, me saque la puta corbata y el saco y empiece a planear otro fin de semana lleno de proyectos que amanecerán el lunes sin haberse realizado…. El beso de despedida de Marta y su recomendación de todos los días: tené cuidado.
-Despertate Carlos, ya son las siete-. El primer recuerdo: la voz que ya solo resuena dentro de su cabeza. La cama fría y el espacio vacío a su lado (¿porqué seguirá durmiendo de un lado dejando media cama vacía si hace años ya que quedó solo?). Las pantuflas con piel de corderito. Sentado al borde de la cama se le agolpa el cansancio y sin el bastón ya sería casi imposible incorporarse….lentamente…las articulaciones crujen….(a ver cuándo te haces el cambio de aceite che…le había dicho Mario en el club de los jubilados después de ganarle la partida de damas y verlo tan lento en levantarse del sillón. Hijo de puta… ya lo querría ver a él a mi edad…). El mate tomado en silencio y lento. El líquido amargo bajando por su garganta para hacerlo sentir que aún sigue vivo…Hoy seguro que van a llamar los mellizos, hace como un año que no llaman, claro , es que deben estar muy ocupados…..
-Despertate Carlos, ya son las siete-. Hoy es viernes, pero por primera vez Carlos no se levanta.
9 en los días previos de Enero.
Leo en El País: “cuando se pierde la conciencia individual, se ve todo como materia volátil”. Algo de eso hay. El problema sigue siendo lo cotidiano y su vulgaridad o mejor dicho su maciza y densa condición. Un “casi espíritu” deambulando entre columnas de granito y muros de hormigón, en el bosque de los prejuicios y la quietud.
Otra idea: el concepto de identidad asociado a la figura de un archipiélago más que a la de insularidad. Acabaría quizás con la idea del coto cerrado y permitiría probablemente una aceptación mucho más cotidiana del “otro”. Vienen tiempos de cambio y de migraciones, épocas en las que el concepto mismo de sedentarismo se pondrá en serio cuestionamiento. ¿Qué mejor entonces que asociar la identidad (al menos mientras esta idea siga siendo fundacional en nuestras sociedades y para sus individuos) con un criterio atomizado y plural para facilitar tanta diferencia y otredad que se avecina?
El nomadismo simplemente se ve asociado en la actualidad a un tema mediático. Por Internet, por televisión, a través de medios de información tenemos la falsa creencia de estar conectados con las diversas partes del archipiélago, cuando en realidad seguimos mullidamente apoltronados en nuestra limitada sala de estar mental. Obviamente no estoy tomando en cuenta esa actividad tan común hoy en día llamada “viaje turístico” en la que simplemente se trata de corroborar sensorialmente lugares, objetos, edificios, anticipados en guías turísticas, libros e imágenes de otros. No se viaja ya para descubrir sino más bien para confirmar (a esto lo llamo “reafirmación de la sala de estar mental”, la sensibilidad reducida a un mero instrumento corroborador quitándole toda posibilidad de novedad).
El cambio, sin embargo, ya ha comenzado. El inmovilismo mental de hoy en día sólo llevará al enfrentamiento y posterior disgregación (entropía o teoría de sistemas). Tocaría una revisión a fondo del alcance y necesidad de mantener la idea de pureza o cohesión como elemento fundacional de toda identidad. El mestizaje irá abriendo brecha para finalmente asumir al archipiélago como único ámbito posible y verdadero de discurso mental
Diez redondo de enero.
Un ver verano
de ochava plateada
olor a sombra sauce
tilo bulevar
Un mirar en profundo
de horadar obstinado
que nos exilie el verbo canoso
a su dominio de invariable llanura
Un ver absuelto
Un mirar resoluto
que graben el iris del recuerdo
de nuestro horizontal lujo de nombrar.
Enero en 12.
Nunca se sabrá el motivo ni la suma de circunstancias que hacen que a pesar del control y el intento, cada instante sea único e irrepetible. Quizás la percepción lineal del tiempo en su desarrollo sea la más imaginativa de las invenciones humanas. Su poesía sin embargo, bastante pobre. (vuelvo a lo del archipiélago).
13 de Enero la yeta.
Se me arraciman las imágenes revoloteando entre rayos de sol oblicuo y ramas de castaño por el Canal. Regresan olores y sonidos como un eco aletargado, subiendo a la superficie de un nuevo batido en sopas no tomadas. El aire frío envolviendo la piel, incursionando alvéolos e inflamando tórax en algo parecido a primera vez. Nueva carpeta.
Momentos en los que el espacio se agrieta, el tiempo se detiene, la luz estalla en el interior para dar la señal de que en este momento se celebra y no existe más que el aquí y el ahora. No sé si suene a bienvenidad pero hay algo de renovado impulso.
Enero en el 20.
Nada que ponga más en evidencia la fragilidad del pensamiento como su permanente fluctuar entre las paletas del flipper de las emociones, anhelando un extra bonus, alegrándonos con un nuevo record, celebrando una bola extra o desilusionándonos por la imposibilidad de modificar el curso recto de una bola que se cuela por el medio. Porqué entonces su tenaz dominio? su desesperado intento de abarcarlo todo? La lluvia se desparrama horizontal sobre el asfalto y su choque no es fin de recorrido sino cambio de dirección y de aspecto. La gota se amalgama en un nuevo plato de húmeda superficie, muda de nombre, abraza nuevos destinos, modifica trayectorias y sin embargo su esencia sigue fluyendo. Visitará desconocidas alcantarillas (también se colará por el medio) y sumará un infinito repertorio de experiencia que llegado el momento transmitirá a la planta, al pez. Quizás en el sorbo de mate que en este momento calienta mi boca. Soy mar y lluvia, soy la suma del polvo cósmico…y la lluvia sigue cayendo.
Salteadito del 22 de enero.
Hay palabras que alojan distancia, otras que invitan al abrazo y a comprimir el aire entre separaciones. También hay silencios que hablan y murmuran intentando cotejar la medida de los alejamientos o el ineludible choque de los afectos. Quizás cuando la razón se desaloje y vuelva a su morada quedará algún lugar por el que empiece a emerger nuestra perdida sensibilidad para ponderar la vastedad de los espacios vacíos.
Enero cuando el 23 lo atraviesa.
al fin y al cabo es todo cuestión de hábitos. Se nos instalan casi sin darnos cuenta, con el descuido con el que solemos realizar todas las acciones que se repiten y así el lavarse los dientes solo cobra nuevo sentido cuando el sabor de la pasta cambia, o cuando el cepillo se encuentra en otro sitio del habitual, o cuando el vaso con el que hacemos el buche se nos resbala y entonces tenemos la sensación de que algo nuevo está pasando, de que ese momento es distinto… y sin embargo volvemos a caer en su red y otro hábito se nos vuelve a instalar. La pausa del café a las 11, el regreso a casa siempre por el mismo camino, los mismos gestos, a veces incluso hasta los mismos pensamientos y los mismos y reiterados olvidos. Quizás todo pase por librar impecables batallas contra los hábitos instalados para sentir finalmente que ese día será un día importante…. Hoy vuela la libélula y su aleteo endulza el aire por el que atravieso….
Un 26 en Sábado cuando enero.
¡Cuánto silencio! Finalmente el aire manifiesta su gravedad, un peso específico que escapa a las tablas periódicas de elementos por su agregado. En el metro, gente ensimismada arropada en libros, periódicos, sueños, pensamientos, problemas… Imagino que si algún día todo ese murmullo se expresara, sería capaz de volver a tirar el muro, esta vez definitivamente. Ay Berlín: que lo físico y lo espiritual no se sirven en el mismo plato, aunque lo espiritual siempre encarne. Y un muro de piedra siempre será un muro de piedra, y aunque la culminación de su esencia se cumpla sólo con su demolición, eso no trae ningún cambio real si no se derrumba también el contenido espiritual que tenía ese cúmulo de hormigón y acero.
Mucha gente anda deambulando como perdida. ¿Qué será aquello que andan echando en falta? Berlín, la ciudad de los murmullos, aquella en que los silencios hablan….
Enero de los 29 finales
Quiero que me guarden el nombre
entre flores de jacarandá y hojas de gomero
Que retengan mi intento
oculto entre orillas bajo el barro de su lecho
Que sumerjan en un techo de glicinas
la suma de trazos que me excedieron el silencio.
Tengo el calendario cansado
He dejado de contar las horas
para que mi andar se abisme
He inaugurado una puerta
sin pedido de licencia
Acaso una noche alguien me con-traiga
al hacer suyo y necesario
el renovado intento de volver a llamarme.
El 31 finalizando enero e iniciando…
Llegado a ese punto desolador en el cual por máxima concentración, se disipaban para siempre los hilos que hasta ese entonces mantenían la unión de las redes de lo cotidiano, sobrevino con la contundencia de lo obvio, el vértigo de lo ilimitado. Hacia arriba y hacia abajo.
Los contornos se diluían con movimientos envolventes (camino por el lecho seco de un río juntando guijarros). Los opuestos rebasaban magnitud y se complementaban para así revocar cualquier contradicción. – caminar de un lugar a otro contando el número de pasos y restarle la cantidad prevista para descubrir la magnitud del error-. Luz y sombra jugando a las canicas: una que gana, otra que pierde, y dominándolo todo la unidad de un tiempo común.
Era la máxima expansión.
Febrero el 5 antes del olvido.
A veces hasta dejo de sentir el fluir de la sangre en mis pies… son los momentos esos en los que el aire se hace liviano y hasta los olores parecen traer música aletargada. Las imágenes pierden color, profundidad y contorno y los ojos solo reciben magma de tiempo presente, horizontal y paralelo a sí mismo, como la memoria. Discurriendo entre guijarros que ya no pesan ni yacen en ningún lecho de río. Merodeando entre las palabras (dichas y pensadas) buscando un sitio donde alojar tanta pereza cristalina.
A veces me siento a un lado del camino y simplemente dejo que la vida me hable de sí misma.
Febrero en sus 6, que 10, para Leila.
Estremecimiento de retina que inaugura un amanecer tan retrasado como una última despedida. El aire se afina y penetra suave, casi dulce. Horas de la mañana en las que el día se presenta como renovada y lícita promesa, de proyectos no empezados, de ideas rumiadas, de sueños que aún buscan materia que los corporice. Primero
En el cuerpo el resumen de lo vivido alojado en cada pliegue de piel, en cada marca dejada y recuperada por la memoria con cada mirada. El espejo reflejando en ese íntimo momento de conexión entre uno y sí mismo, o lo que va quedando de nuestro propio idioma. Segundo
Cubrirse como un acto de validación hacia el afuera. El salvoconducto hacia lo social y la calle. La desnudez como un reducto aún de intimidad o soledad. La ropa es una suerte de subtítulo que intenta lo imposible (quizás por ello tanto esmero en su desarrollo). Tercero
El cuarto sos vos y este momento que compartimos.
El 14 cuando febrero se amedia.
Las palabras…….uhm. Cajas de pandora de fondos variables. La misma caja en distintas manos se despliega o contrae reflejando mundos en prismas de gotas cristalinas. Detonadores de procesos impredecibles, de alcances indefinidos y de cascadas de recuerdos, de imágenes, de encuentros y desencuentros presentes y olvidados. Todo se muestra ante la mirada de nuestros ojos más profundos, aquellos que abandonaron hace tiempo ya la descripción de los afueras. Las palabras….. viajando interminablemente, acariciando con sus sonidos los temores más lejanos, las certezas más preciadas. Las palabras evocan y conjuran. Sueltas ya, inician un viaje entre “you and me”.
Hoy la palabra es amor, y la lanzo al aire para que tú la recojas, te la quedes un rato y la vuelvas a lanzar.
Febrero el 19 de sus días de invierno.
la quietud…o el movimiento: el ciclo pendular de la existencia arrojándonos alternativamente a cada uno de sus extremos para luego… Y la mente ordenando y archivando, alojando en cajones de imprecisos contornos todo aquello memorable que se resiste al olvido.
Desde este lado, el marco de la puerta delante con su hoja abierta anticipando aquello que no llegamos siquiera a intuir. El haz de luz penetra en el cuarto donde ahora nos alojamos. No sé si es una suerte de invitación al traslado o simplemente un rebosamiento del cuarto continuo. En todo caso una señal, emisaria.
El espacio vacío por el que deslizamos el cuerpo y traspasamos el umbral. El movimiento, el traslado…. casi un imponderable.
Desde el otro lado, otro cuarto vacío… presto para ser habitado por nuevos cajones de memoria y recuerdo envasado, etiquetado, catalogado e inútilmente ordenado.
Y otra puerta, otro haz de luz, otro umbral…. otra anticipación de tiempo que nos sigue invitando a un interminable traslado, ese perpetuo movimiento al que solemos apodar vida.
(Va por Nico)
25 en los febreros.
Se abren cielos cada vez que algún nombre suena. Las fronteras se disipan con cada abrazo inesperado. Toda caricia conlleva el anhelo de un trastrocamiento de límites y un desmoronamiento de bordes. Lo fluido y lo estanco en vaivén… Observo como faro solitario el movimiento incesante de las mareas esperando con calma estacional la llegada de una ola. Mientras tanto…cucharadas de azúcar a discreción revolviendo el cotidiano.
Terminando el 29 de los febreros.
nunca imaginé que el mar pudiera ser tan grande y la costa tan lejana….
Marzo en sus seis días
Solo tenemos la voz interior. Impalpable si se tratara de las manos, indescifrable si se tratara de la mente. Pero su sonido es límpido y sereno cuando el rumor de las aguas finalmente se aquieta, en aquellos escasos momentos en los que detenemos la tarea, el movimiento, la ambición y la búsqueda. Entonces surge clara, cristalina, embebiendo todo aquello más exterior a nosotros mismos, emanando y purificando los entornos más nublados de nuestra inquieta proyección. Se remiten las sombras y se imanta la dualidad en núcleos ya inseparables (el reposo del péndulo). Son instantes nomás, como llamados si se quiere. Como los recuerdos que sin ser solicitados nos convocan y reclaman. Solo es eso….. y también los planetas, las piedras y algo de universo.
Marzo en el diez
Vienen los aires mezclados entrelazando restos de memoria, hilvanando el tejido de bordes imprecisos en el que la urdimbre alterna entre zonas de hilado prieto y otras donde apenas un par de líneas débiles mantienen ilusoria la continuidad del todo. ¿Dónde se ubica el ahora?
Hay un sonido, una palabra que me nombra y convoca. Sólo debe ser pronunciada, porque a veces el llamarse a sí mismo se agota cuando , casi, todas las posibles modificaciones, alteraciones en el orden de las letras, acentuaciones distintas, se han probado. Al fin y al cabo, el engaño no resiste y siempre queda la certeza de saberse hablado desde la profundidad del diálogo entre uno y si mismo. Ay… la voz interior…
El aire es amarillo a esta hora de la mañana. Rodea mi cara y deposita en mis oídos palabras, sonidos, humores, de diálogos ajenos, de mesas vecinas, de personas con las que se experimenta el mayor grado de distancia posible dentro de la cercanía más próxima que perimite esa barrera invisible que traspasada, abriría las puertas a la intimidad. En otro lugar, en otra circunstancia, la misma distancia invitaría al contacto de pieles. Otro de tantos pactos sociales por los que transcurro…Pero si cierro los ojos el aroma del café se traslada de la mesa vecina y me remueve el hilado de recuerdos. Aparecen otros cafés, otras personas, otros lugares. Sobre todo, otros tiempos. ¿Dónde se ubica el ahora?
En la cara del camarero, en sus ojos fijos en mi mirada, esperando finalmente que su pregunta sea respondida. -No gracias, la cuenta por favor.- Y el ahora es un Lunes del marzo en sus 10…. y el lugar es berlín…. y el café es…..
Marzo en sus dieciséis que hoy dieciocho.
Si todo aquello que hemos nombrado, clasificado, dispuesto, se diluyera de repente en el sinsentido del verbo, en su fútil conjugación demarcatoria, aún nos quedaría la realidad y el aroma. Cielo sería seguramente otra palabra pero seguiría siendo cielo. Libélula seguiría siempre a mi lado aunque su aleteo la aleje inexplicable de mi abrazo.
Marzo en sus veintiún días
Las partes se derraman sobre mis retinas buscando encuentros de concavidades. Una amalgama que se elabora con la delicadeza y el cuidado de un recuerdo largamente atesorado. Como los arabescos azules del humo del tabaco, ascendiendo en el espacio, buscando una definitiva y plácida absolución en el todo. Así llegaban sus partes…dispersas, pero indudablemente suyas. Un mapa a descifrar, una clave oculta en cada uno de eso fragmentos, queriéndome guiar, intentando mostrarme las zonas más remotas de su geografía inescrutable y lejana, el ámbito radiante de su esencia. Una invitación a participar en su caleidoscopio de cristal facetado. Reflejos y opacidades deambulando en las esferas de mis pupilas, demorando los momentos reveladores de su última y abarcadora entrega.
Primero llegaba el verde líquido y cristalino de su mirada. Fluctuante. Arrasada a intervalos por ráfagas de atenciones dispersas, distracciones de la curiosidad (ondulaciones de superficie en un campo de trigo esmeralda). Un fondo ignoto traspasaba su persona rebotando en ecos de inestimable inicio. Si no fuese por la humedad de sus labios, su cuerpo se desvanecería en alguna de las bocanadas del humo de mi pipa. Pero allí está, y allí se queda.
Afuera, el gris del cielo se desploma líquido sobre el empedrado de la calle.
Son las tres de la tarde….el lugar es berlin… el café “mir”…su nombre…..
Finales en los treinta de marzo.
Un cobijo de bordes diáfanos para no renunciar a la mirada larga ni al abrazo sorpresivo. Para no despedirse (aún) de los tiempos del nombramiento ni dejar en el listado ninguno de los besos que nos queda por entregar. Pero que sin embargo cobijo…por lo de la intemperie, por el temeroso viento del egoísmo o por la inesperada marea de la terca y necia desesperanza. Alojarse en el hueco profundo del agua y oír el gemir submarino de las burbujas, la caricia interminable del cariño que a veces alga, a veces mujer. Los nombres mudando de persona en persona en inexplicable sucesión de avatares, de despedidas y reconocimientos (alternancia de lo posible y lo soñado).
A veces el cobijo es una taza. Otras es el calor de la porcelana en la palma de la mano abierta. Muchas veces en el exilio, el cobijo es un café….
Abril 5 inicios.
Un labio miope refrena en obscuro
el sudor que nos bautiza la sien,
el decir angosto,
un llanto sin silueta
a la hora y en el lugar de su crepúsculo.
Porfiada niebla del dos más dos es cuatro nos rodea
aflojando el estupor en geométrico envoltorio,
arropando en el ah claro
el persistente temblor
de nuestro verbo recientemente estremecido.
Un último rayo de última hendija.
Una penúltima sombra colgada de horizonte en el tobillo.
Y un texto
barnizando la costumbre
de nuestra cardinal desmemoria.
¿No habrá sido entonces el diluvio?
Estar dentro no es entrar
sino más bien no haber salido.
Siete en los abriles
Como si de un papel doblado se tratase, recorro los pliegues de mi memoria intentando recomponer la forma primera. Las yemas de mis dedos se deslizan por los trazos que marcan un doblez en el pasado arrastrando restos de banquetes, algunos adioses, imágenes que fulguran cuando las noches de luna llena se me abisman en los ojos. Aromas que emergen e invaden….el tilo de los empedrados, los jazmines de febrero, las glicinas del patio de Marujita en el Tigre. Las pátinas se revelan y resquebrajan liberando historias que se entrelazan con el humo del tabaco. (hoy no es un café). Observo la danza, bailo con ella hasta que se me instala la sonrisa y recién entonces cierro la puerta de casa y salgo a inaugurar el día.
Abril en el diecinueve lento.
Las formas dispersas se congregan alrededor de las palabras no dichas. Un cúmulo de intenciones que se van adhiriendo al cuerpo cansado. En los pliegues de su piel dejaba adivinar batallas, amaneceres, despedidas y saltos al vacío… y un hueco rodeando sus manos, como fantasmas de caricias no recibidas, iba envolviendo sus dedos, atando sus extremidades hasta dejarlos mustios y anhelantes.
Afuera el sol oblicuo delineaba figuras de suelo. Y el saberse de este lado de la ventana era lo único que le permitía seguirse aferrando al sentimiento de estar dentro. Dentro de algo, aunque fuera un cuarto (estar dentro no es estar sino más bien no haber salido…. pero bueno).
Sus ojos repetían ya las formas de lo conocido. Un par de nombres quedaban siempre revoloteando en sus pensamientos intentando convocar de ese modo cuerpos que hacía tiempo que habían migrado de su tacto.
Inesperadamente el teléfono (casi no recordaba ya la última vez que lo había escuchado sonar). El timbre repetido fue desalojando de su cabeza los restos de todo sonido hasta hundirla definitivamente en un silencio ensordecedor. Nunca recibió la llamada porque de repente había dejado ya de estar.
El mayo se adocena esperando tu día.
…¿dónde quedó mi río, abrumado de orilla en su delta preliminar y manco de horizonte en su final desembocadura?… ¿cómo buscar un reflejo cuando lo lejano no contiene sino que abisma, cuando el terreno subvierte creencias de lineal cristianismo? Andar sería entonces algo más que unir dos puntos y algo menos que un orgullo…
Le gustaba desparramarse en pensamientos de este tipo para poder así nombrar de otra manera al ocio. Aunque carentes de todo sentido práctico, al menos servían para armar tanto miembro disperso en sus mañanas de exilio, tanta despedida perpetua…De conocer mejor el idioma hasta hubiera podido llegar a compartirlo, pero su vocabulario era tan exiguo que apenas si le alcanzaba para resolver, con altas dosis de incertidumbre, lo cotidiano (un café por favor…cuánto es?… gracias…de nada…y unas cuantas más de esas frases en las que gramática, pronunciación y acento, dan absolutamente igual porque están destinada al inmediato olvido). Y a él precisamente, lo que se le imponía con urgencia era el recuerdo, ahora que su identidad era tan poco reconocible….
…veinte años ya?…y recitaba a Girondo: ¿cuántos son los años de mi edad…
Pronto se acercaría al meridiano de la pertenencia. Habrían pasado tantos años en su tierra natal, como los transcurridos en distintos afueras, en territorios muy alejados de su río, de su otra mitad en fuga.
Cuando estaba de humor, a la pregunta iniciática de todo nuevo encuentro: ¿y usted a qué se dedica? le gustaba responder: a mudarme, me dedico a mudarme. Un espantamoscas que le gustaba decir porque ante tamaño desconcierto, la mayoría de las personas abandonaban todo posterior intento de continuar la charla y las que, a pesar de todo, insistían, llegaban a ser con el tiempo de las personas que ahora recordaba y que a menudo le gustaba enumerar….
Veinteando el mayo de los días nuevos.
Cada nuevo día es otro círculo que se des-envuelve, despreocupadamente, y comienza a rodar dentro mío hacia el límite de todas las formas. Salgo entonces temprano de mañana a juntar flores antes de que el aire se me desboque, para no dejarles el lugar a los intermediarios y para comer aromas de infancia apelotonados y arrugados de inesperado olvido. El sol asoma crepuscular porque el círculo avanza y principio y fin se trastocan: delante y detrás rotan y solo hay distancia ascendente. El silencio ya lleva nombre y su sonido expande los recuerdos hasta el territorio de lo inaugural.
Hoy es mayo de una primavera que ya no es más otoño. Quedan en algún sitio lejano los mayos de otoño, esperando volver a ser convocados. Salgo al balcón, me como el aire de las 8.30 de la mañana y entro a la cocina para calentar el agua del mate.
Junio del trece.
Débilmente primero, dejando que cada cosa fuera ocupando su lugar (a veces un pequeño cambio, un insignificante desplazamiento, abre las puertas al extrañamiento). La luz de la mañana lo situaba en lo temporal y sus recuerdos le asignaban el nombre de viernes. El repiqueteo de la lluvia en el marco plomo de la ventana abandonaba la ensoñación y se alojaba ahora en el mundo de lo cotidiano, en esa otra mitad de vida que confundimos con la vigilia. Intentaba la cabeza organizar todas las sensaciones de esa frágil situación de tránsito… y de algún modo inexplicable siempre conseguía situarlo en el mundo, en su mundo.
Era viernes, era Berlín y era su cuarto. Un pequeño hálito de resignación intentó colarse entre los pliegues de su ánimo (quizás lograra alguna mañana, antes de que la luz de madrugada ya no pudiera entrar más a inaugurar sus días, que no fuera Viernes, ni Berlín ni su cuarto…. sino quizás Miércoles, Estambul, cama ajena….). Pero enseguida el aire llevó consigo todo rastro de ilusoria decepción y re-conocerse, volver a sentir la afinidad de sus espacios, la familiaridad de los objetos, la certeza de sus costumbres le implantó una sonrisa en el rostro. Hoy no tocaba mudanza….
Sábado 14 de Enero.
Un escalofrío atraviesa el interior de mi ser, removiendo aguas de nostalgia y despedidas recurrentes. Y sobre todo: el desconcierto. Esa sensación volátil de no poder terminar de entender (en realidad asumir) el temor humano. Un miedo irracional, atávico que nos lleva a ver fantasmas en los portales de todo intento de felicidad. El rechazo a la sencillez, la turbulencia permanente manifestada en un incesante cúmulo de movimientos (físicos y del alma) para aturdir y sofocar el llamado de nuestro silencio primordial. La negación de la fuente o lo que estoy repitiendo al nombrar como el banquete de las migajas. ¿También nos habremos acostumbrado a eso?
Ha comenzado el año y para mí, estos días de inicio se han teñido de tristeza y decepción. Mi tren continúa su marcha y no puedo (ni quiero ya) evitar la permanente fuga de pasajeros. A dónde lleva mi camino?
Si no supiera que el tiempo es redondo
no entregaría al agua
algunos de mis silencios.
ni dejaría que mis ojos amanecieran en tu rostro
líquidos de tanta despedida.
Pero sé que todo gesto se redondea en el tiempo
y cumple inexorablemente el ritual de cualquier abrazo.
Habían llegado imprevistamente. Supongo, casi con seguridad, que habrá sido en el tiempo de la noche cuando en el pueblo todos dormían, algunos dando reposo al cuerpo, otros intentando alcanzar un no sé qué de paraíso soñado que con el pasar de los años se había ido desalojando de lo cotidiano, asumiendo la imposibilidad de su existencia en el día a día, para ir a habitar en el más agradecido y probable mundo del recuerdo.
Es que en el pueblo nunca había ocurrido nada. Y por más que las sucesivas generaciones de habitantes, al pasar por las edades propias de la ebullición de la sangre, del nacimiento de las primeras palpitaciones adolescentes, se habían entregado a la ilusión de un natural y prometedor cambio, lo cierto es que todos, uno a uno, al pasar luego por las edades en las que la piel y el pensamiento abandonan ya su fijación a la carne, habían visto cómo el paso de los días sólo había conseguido transformar aquellas primeras palpitaciones en otro tipo de señales, anticipatorias de un descanso cercano, único cambio real y palpable al que se habían hecho acreedores.
Hasta la inevitable visita de la muerte había transcurrido casi sin sobresaltos ni hechos dignos de mayor recordatorio, al punto de que en varias ocasiones el pésame de rigor había llegado a trastocar nombres dando por fallecidas a personas que en ese momento estaban escuchando la noticia.
Pero esto no sorprendía a nadie. Se había ido asumiendo poco a poco hasta la imposibilidad de refrenar el chisme, del mismo modo que resultaba absurdo intentar dejar de respirar, y sin embargo ni lo uno ni lo otro lograban colmar de sentido el transcurrir de los días. Ni el hecho de nombrarlos permitía ilusionarse con la pertenencia a un lugar en el tiempo, propio y distinto, y nadie conseguía ya asociar al Lunes con un hecho significativo y singular merecedor de su nombre.
Quizás todo fuera la natural consecuencia de hallarse el pueblo en una isla de la que era única señal y solo testimonio de voluntad humana. Como si el hecho, aislado e incomparable, de su presencia no alcanzara para darle a la razón suficiente entidad y a la vida bastante peso. La existencia en el pueblo, la vida de quienes allí vivían, había quedado trunca y huérfana.
El primero en dar la noticia fue Paco el de los olores a ropa sucia y atabacados orines rancios. Vivía solo, alejado del pueblo y aislado (si es que se puede llegar a concebir un vivir más a-islado que el de vivir en una isla), en una caravana destartalada, sin luz, baño ni agua, ensimismado en sus conversaciones de interlocutor ausente. Su pasado era un misterio y su presencia se había ido asumiendo como el que acepta tener hipo: imprevisto, molesto e inevitable. Nadie sabía en realidad cuándo ni de dónde había llegado. De haber podido tomar distancia, creo que cualquiera hubiera acertado al decir que su origen desconocido le transformaba en el destinatario más idóneo para reconocer y transmitir la imprevista llegada. Pero ya he dicho que aquí, la distancia era imposible porque no había otro lugar distinto en el que ubicarse y desde el que poder reflejarse y nadie era entonces capaz de reconocer en Paco y lo que estaba llegando una hermandad en cuanto al mismo e incierto origen. Por eso, cuando al ver esa mañana lo que estaba sucediendo y empezar a vociferar anunciando la imprevista llegada, nadie prestó la menor atención a sus comentarios. Sus palabras fueron rebotando entre las calles, arrinconándose en muros descascarados, tropezando con puertas desvencijadas y finalmente murieron colgadas en cristales de ventana rotos. A lo mejor si alguna de sus palabras se hubiera estrellado en el oído de Rosaria, la noticia hubiese tardado menos en llegar a asumir su destino. Pero hasta en eso el pueblo demostraba una falta absoluta de oportunismo.
Y mientras las palabras de Paco iniciaban su ya conocido y fallido derrotero, seguían llegando sin interrupción como lo habían estado haciendo a lo largo de toda la mañana. Nadie salvo Paco lo había notado y Paco, a ojos del resto de los habitantes, era mucho más nadie que cualquiera.
Como suele suceder con más frecuencia de la que somos capaces de reconocer, los hechos empezaban a transcurrir de un modo paralelo, sin aparente interferencia. Ambos con su propio desarrollo, su palpable ritmo y característica velocidad, cumpliendo en toda su extensión la traza de propio destino. Y aunque las interpretaciones posteriores siempre serán cuanto menos, diversas, cuanto más, divergentes, lo cierto es que los hechos seguían su curso de modo imperturbable, ajenos a cualquier comentario futuro. Dos hechos: el pueblo (una isla dentro de su isla) y… seguían llegando.
En este punto nadie hubiera sido capaz de predecir la proximidad del cruce de sus trazados, la cercanía del momento en que ambos mezclarían sus aguas dejando de una vez y ya por siempre de pertenecer a sí mismos, modificando por primera y definitiva vez lo que hasta ahora había sido dado en llamar costumbre. Por el momento, y a esta hora temprana de la mañana, los hechos se desarrollaban paralelos. Podría haber sido paradójico y hasta relevante el que Paco (un nadie en la nada) hubiese sido el encargado de unir y cruzar esas dos líneas. Pero no era este el minuto de inmortalidad de la vida de Paco, ni siquiera lo fue su muerte. Por otro lado, las ya de por sí trascendentes consecuencias del cruce cercano no tenían reservadas para sí emisario alguno. A decir verdad, creo que nadie en el pueblo sería capaz de dar hoy una versión cierta de los detalles de ese cruce. También esto se les impuso sin querer, pero las consecuencias terminaron de dar a sus vidas un sentido y un peso que hubiera bastado para hacerles vivir el resto de sus días con una desacostumbrada sonrisa pegada en el gesto.
Y fue sucediendo de modo casi imperceptible. Desde las primeras horas de luz habían ido llegando esos frágiles y pequeños copos flotando en la brisa que traía el mar hacia la costa. Eran blancos, como de algodón. Formaban una especie de irregular nube meciéndose y gravitando lentamente con el movimiento del aire. Una danza blanca que venía de un no se sabe dónde lejano y había topado en su camino con este no se sabe qué cercano que era el pueblo. Al llegar a las primeras casas habían cambiado bruscamente su trayectoria, envolviendo los paramentos, doblando esquinas, penetrando ventanas, una invasión irrefrenable de silencio que no reposaba en ningún objeto, que seguía lentamente su avance reconociendo así el trazado de sus calles. Asumiendo así el destino cumplido.
Paco, como dijimos fue el primero en verlos, pero fue Rosaria la primera que sintió su presencia. Fue la primera en salir de su casa esa mañana y bastó que traspusiera el marco de su puerta y se asomara a la calle para que infinidad de copos se le adosaran a todo su cuerpo dejándola blanca, casi transparente, pero con una sonrisa abismal en el rostro que nunca antes había llegado a concebir. Era la imagen de la felicidad plena dibujada en su cara. Y lo mismo le sucedió a la vecina, y al vecino y a cada uno de los que allí vivían. Hasta a Paco le sucedió (por cierto fue el último y por eso nadie pudo escuchar sus comentarios diciendo que los recuerdos habían estado llegado desde la mañana volando en copos).
En ese momento sucedió algo absolutamente imprevisto. El pueblo empezó lentamente a curvarse. Todo el terreno como si precipitara arrastrado hacia el fondo por su propia inconsistencia, fue redondeando sus formas hacia adentro y el horizonte quedó como borde de un inmenso cuenco cóncavo en el fondo del cual todavía se movía agitada una gran gota de mercurio.
Ángela flotaba de alegría. Nunca había recibido un regalo tan maravilloso, y aunque el resto de amigas mirando el frasco que llevaba en sus manos se habían burlado y reído, ella siguió absorta mirando a través del vidrio la enorme gota de mercurio que resbalaba por su fondo. Era el séptimo día. Ese día, Ángela empezó a inventar el mundo.
Otra despedida más. Y ya iban tantas que por momentos le costaba entregarse a la nostalgia del recuerdo porque en el último tiempo empezaban ya a confundírsele los nombres de lugares y personas, las fechas y los horarios. A fuerza de repetir adioses empezaba a sentir que todo era un presente de una continuidad indisoluble que empezaba a trastocarle geografías y costumbres.
Una vez, hace no tanto tiempo, había un campo lleno de plantas y animales. El sol salía todos los días y cada uno de los habitantes del campo saludaba con alegría su salida.
En el medio de ese campo había una planta toda verde, llena de ramas y tallos, que disfrutaba mucho de vivir en ese campo.
Un buen día, en la punta de una de las ramitas brotó un pequeño pimpollo. Todas las demás ramas empezaron a preguntarse qué sería eso. Nunca habían visto algo así. Era como una pequeña pelotita que iba creciendo cada día en la punta de esa rama. Ellas no conocían lo que era un pimpollo. Sabían lo que era un tallo, sabían lo que era una rama: un palito largo y verde, finito.¿Pero un pimpollo? ¿En la punta de una rama? ¿Y encima todo gordo?
Así pasaban los días y el pimpollo cada vez crecía más y más y las ramas y el tallo cada vez más y más preocupados. Finalmente, después de un día de lluvia, los primeros rayos del sol iluminaron al pimpollo y éste se abrió mostrando una bella flor blanca.
Las ramas y el tallo no conocían lo que era una flor y, más sorprendidas aún, empezaron a hacerle burla. Mira qué cosa tan fea que ha nacido de ese pimpollo, decía una rama. Si, no es fina ni verde como nosotras, decía otra. Miren qué gorda y qué horrible que se ve, decía el tallo.
La flor, recién nacida, se sorprendió de que las ramas y el tallo la trataran tan mal. Al comienzo se puso triste, pero luego se dio cuenta de que si le hacían tanta burla era simplemente porque ella era distinta y nunca habían visto algo parecido.
Entonces, mirando al tallo y a las ramas les dijo: no me hagan burla, para mí ustedes también son distintas, y al final, todas somos parte de lo mismo, tallo, ramas y flor, formamos parte de la misma planta.
Viernes-sábado 30 de septiembre del 2006:
Seis años después. La sensación desusada de que el viaje se reduce al simple discurrir del tiempo, a su acumulación, y a la consecución final en llegada. Si hasta el poder dormir dentro del avión se convierte en una experiencia cuanto menos reveladora, en tanto que olvidada.
Descender del avión y el que comienzo del festival del palimpsesto. Una invasión desordenada de sensaciones diversas: los olores, el aire fresco de esta primavera en buenos aires, el azul de un cielo que vuelve a estar alto, y todo aquello que va colándose por los ojos…los edificios racionalistas del Ezeiza de Perón (tan parecido ahora al Tempelhof de Berlín) que conocí por primera vez en alguna difusa despedida de mis padres a los Estados Unidos: rodete soufflé de mi madre años 60, un avión sobre una pista de recuadros de hormigón unidos por una línea de brea negra, al que se llegaba caminando, al que se ascendía por una escalera a su lado con el tiempo necesario para girarse una última vez y despedirnos a lo lejos (todo tan gris y gomina), nosotros con Chonga y Paula mirando desde la terraza del edificio cómo mis padres caminan por ese piso de planchas cuadradas, suben por esas escaleras, traspasan la puerta del avión y a partir de ese entonces, simplemente una cara adosada a una ventana oval tan parecida al plato volador de “Perdidos en el Espacio”… todas imágenes que se superponen, se codean y van alojándose en algún sitio de mi presente. O se cobijan en algún rincón del recuerdo demorando así tan inesperado reclamo.
Una modernidad que más que actualidad tiene que ver con no ser menos (ese complejo tan sureño de último orejón del tarro…).
Y las valijas (mientras dure esta estadía dejarán ya de ser maletas) que deciden no viajar con nosotros. Cola de reclamaciones y los comentarios entre las personas que consiguen hermanarnos y diluir de algún modo nuestro mutuo desconocimiento: yo ahora me voy a córdoba que tengo a mi madre esperando, qué estudias?, así que tus nenas viven en Berlín? qué bien che, hablan los dos idiomas…
Finalmente el umbral de puertas automáticas que separan lo institucional de lo humano (aunque en estos lugares institución y humanidad no necesariamente están tan divorciadas) y el abrazo, imaginado y obviamente distinto al imaginado. Como suele suceder con estas cosas, sobrepasando en más o en menos aquello que esperábamos.
Salida en coche por la autopista Richieri, olor a asado, a verde de pasto(no césped) cortado, algún caballo medio famélico comiendo en no se sabe bien dónde. Los primeros camiones destartalados (paragolpes atados con alambre, maderas en la caja de pintura descascarada y óxidos empolvando las superficies). Sol, azul, cielo, verde. Y finalmente la primera visión del río, espléndido recostado al final de la autopista, ocupando todo el horizonte, plateado aún por los rayos del sol que acaba de estrenarse nuevamente.
Es un buen día, hemos llegado.
Por la tarde salimos a recoger a los sobrinos a la salida del colegio. Caminata por las calles de Olivos. Árboles inmensos (no en altura sino en presencia) y el sol gambeteando entre sus ramas, deslumbrándome en cada adoquín. No sé ya cómo hacer para dirigir la mirada. Me someto al capricho de tanto destello. Las puntas de las ramas con brotes nuevos. Es el comienzo de la primavera. Las raíces no reconocen cuadrícula y revientan las baldosas (la presencia ineludible de lo inmenso, siempre al acecho…). Bianca: es como ir caminando dentro de una telenovela (al ver tanto adolescente uniformado por las calles en la hora de la salida del cole: chicas con pollera tableada y tela a cuadros, chicos con camisa blanca arremangada y corbata a medio ajustar). Y finalmente el re-encuentro con mi hermana. Tan avejentada por la resistencia y el sufrimiento. Dios mío, lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos… primer golpe
Mis sobrinos: divinos, tímidos, sufridos, un poco chúcaros. Un mundo interior que no halla salida (esto es tan familiar). Los primos y su sintonía: aquella de la que son capaces quienes siendo niños aún no han aprendido a dañarse.
Primer ASADO!!!!!! En un lugar muy humilde cercano al río. Un lugar a lo Marechal. Encima a doscientos metros mi hermana: esa es la casa de Rubén Peuchele, te acordás? (Titanes en el ring, el ancho… cómo no me voy a acordar?) y me parece que ese que está sentado en el tocón de madera tomando mate debe ser él… Pasamos con el coche de largo y por la ventanilla veo a un anciano canoso, con el torso desnudo, la tristeza en su rostro es parte de su mueca, al fondo un conglomerado de chapas y cartones configuran su casa. Cómo es posible?? El ancho Peuchele en esas condiciones? No hay nadie que se inmute? Alguien que ha hecho reír a tantos niños (yo uno de ellos)… Parte de la argentina también, esa que nunca hemos mirado.
Más tarde llevamos a mi sobrina a casa de su madremihermana. Otra confirmación de que normalmente el afuera y el adentro se copian. Mucho abandono de superficie y de contenido. Cómo despertar a quien quiere seguir dormido? Un cuero de liebre colgado en la puerta del armario (despertadores de imágenes, cascada de recuerdos…).
Escribo (te escribo) un mail, y me quedo con las ganas de escuchar tu voz (la diferencia de horas).
Vuelta a la casa de mis padres, va terminando este primer día y puedo decir que el aterrizaje se produjo sin ningún inconveniente. La pista está despejada.
Domingo 1 de Octubre
Domingo de sol, fábricas de pasta llenas y las masitas para llevar a lo de la abuela. Café con leche y medialunas (3) en la estación Borges con los viejos y las nenas. El aire sutil y diáfano de buenos aires en primavera. Luego caminata por Maipú. Tantos carteles diseñados para el olvido (imposible leerlos todos a la vez). Los puestos de flores en los que por alguna inexplicable razón también se venden inciensos (la jardinería asociada a lo olfativo). La amabilidad de la gente, una caricia tan de agradecer. Bazar de todo a 2$: paraíso de la nostalgia donde se encuentra desde el termo-mate (artilugio de la industria nacional en el que por vasos comunicantes el mismo termo que contiene el agua hace a la vez de cazuela de mate alojando la yerba en la parte superior, de donde sale una bombilla plástica), pasando por las velas a ceferino y el gauchito gil, la pava, el palo de amasar con ranuras para hacer ravioles, la espuma verde de un material indeterminado para pinchar flores de plástico y llevar los domingos al cementerio, y un etcétera que por momentos se agolpa y apelotona en la memoria. Al salir, en el puente de la estación mitre una feria de artesanía argentina vuelve a confrontarme con la amabilidad y el cariño. “El mate es como escuchar la radio, acompaña y despierta la imaginación” me dice un señor que ha inventado un dispensador de yerba mate y fabrica todo tipo de artilugios relacionados con tan querido ritual. Charlas con gente que no conozco. Mucho cariño…
Por la tarde y después del re-encuentro con la pizza de fugazza rellena de víctor (tantas noches volviendo a San Telmo), nos vamos con Eli, los sobrinos y las nenas a las barrancas de San Isidro. Mucha gente linda, creativa, dispuesta a asumir la vida en la plenitud de su incertidumbre. Un espectáculo en las escaleras que me hace reafirmar que la creatividad y los medios no siempre están ligados (al menos si se escapa a la visión que nos inculca esta cultura de las apariencias que va reduciendo todo a mera superficie). Afortunadamente las nenas disfrutan mucho la experiencia.
Luego a recorrer los puestos de artesanía (la actividad artística como un gesto anónimo?) y finalmente el regreso a casa de los viejos. Corriendo para volver a salir y tomar un café con Pablito (después de tantos años…). Otra cachetada de afecto, y ya van… Lástima de no disponer de más tiempo. Cómo se condensan en hora y media los ocho años que llevamos sin vernos? Ninguno de los dos lo intenta y el presente se instala con la naturalidad de lo sobre-entendido. Será una constante de estas culturas lo de la concepción circular del tiempo (y si Vicco hubiera venido en el mismo baúl, junto al Elogio a la Locura de Erasmus?)? y si fuera así, porqué tanto afán en subirse al tren de occidente? Complejo de inferioridad? Mestizaje mal digerido?
Dos horas para un nuevo abrazo con Pablito, que tendré que cargar hasta el próximo encuentro, y el tiempo justo para regresar a casa de mis viejos y asistir a una reunión de mucha gente (sus amigos: los Dalio, los Muñiz, los Sirlin). Sergio y Graciela también e igual que con Pablo el tiempo sigue siendo una falacia desenmascarada.
Al final del día, mucho cansancio, tanto como bienestar.
Lunes 02 de octubre.
El día amanece oscuro, el cielo se aprieta contra el horizonte, acaricia a lo lejos los edificios de buenos aires y la lluvia se desploma sobre el suelo. Un diluvio que refresca y moja todo. Cae granizo. El viaje al Tigre con Norberto se suspende. Plan B.
Nos pasa a buscar en el coche y pasamos la tarde en un centro comercial. Norberto alejado (lo local se le impone y resulta difícil contactar en el mismo nivel que solemos hacerlo cuando me visita en españa). De cualquier modo la tarde muy agradable. Compro música y me meto de cabeza en la sección Folclore (sigo mirando de a dos pares). Un par de encuentros de esos que me alegran cada búsqueda de música: Mogilesky tocando con el hijo de Falú (qué loco..).
Vamos luego a la orilla del río donde la bajada de la calle Paraná y el espigón (el mismo de la pierna vendada hace 20 años). La lluvia continúa y se mezcla con el río.
Después mate en lo de Amanda. Su alegría de siempre al mismo nivel que su hospitalidad. Finalmente el regreso a casa de mis viejos.
Y las ganas de escucharte se convierten en llamada de teléfono. Qué alegría saberte ahí a pesar de mi error en la cuenta de horas (claro que con tanta dificultad para comprender el tiempo no es de extrañar…). Me encantaría por momentos que el Túnel del Tiempo (en blanco y negro con esos aros tipo paréntesis que circunscribían un espiral en negro muy años 60) se materializara y al desvanecerse la nube de polvo que seguía a cada traslado (máxima potencia Mitch!) apareciera tu persona, tu imagen, aquella que aún no conozco.
Martes 03
Desayuno y mate. El cielo gris y el día ventoso pero por suerte no hay lluvia. El viejo nos lleva a su oficina y luego nos acerca al centro. En la oficina (un depósito semi-abandonado) compruebo esto de la casa interior y la exterior como reflejo de la primera. Restos de naufragio: un perchero de las oficinas de Tacuarí (diseñado por el ingeniero López), archivadores de hierro de Alejandro Puente S.A., la heladera de la infancia oxidada y sucia, folletos y etiquetas de frascos de pintura diseñados por mí en otras épocas afortunadamente lejanas. Un cúmulo de objetos que recuerdan sueños frustrados, proyectos no concluidos, sueños simplemente soñados. Cuánta desolación! Restos de prótesis, muletas, apósitos, incapaces a pesar de su acumulación de tapar los vacíos de un alma descompuesta y rota.
Nos acerca al centro. Bajamos en Plaza San Martín. Arboles inmensos, corteza húmeda y negra, un gomero como los de recoleta cobijando todo el centro. Y luego comenzamos a caminar por Florida. Observo en la cara y las reacciones de las niñas lo que toda esa impresión produce en ellas. Las veo felices, atentas, sorprendidas. El ruido de los bondis con la estela de humo negro. Veredas estrechas y desarticuladas. Muchísima gente (casi toda con prisa). Y mucho afecto por todos lados. Una pareja de tango bailando, el librero y su charla, la artista estatua a la entrada de Pacífico pintada de blanco como un ángel que se acerca a las niñas y las besa y les habla cuando se le acercan (la cara de sorpresa pegada al rostro de las dos). Libros, música, encuentros, hallazgos, todo gira y se mueve, las aguas que confluyen en mi mano y rescatan de una estantería algún disco, un libro.
Finalmente el encuentro con Eli Sirlin en el San Martín, café y charla apresurada. Ella nerviosa en el tiempo previo al estreno de la obra de esta noche. Se levanta bastante viento y empieza a hacer algo de fresco. Nos despedimos de Eli y con las nenas nos metemos en un locutorio. Te hablo por el Messenger y me alegro de tu compañía. Regresamos a Olivos en el Mitre desde Retiro. Me sorprende la limpieza del lugar (con el recuerdo de mi Retiro de otros tiempos) aunque sigue habiendo mucha gente pidiendo ayudas (las nenas se detienen en cada una de ellas y me piden que les dé dinero). En el tren lo de siempre: la gente salida de la oficina, camisa celeste o blanca o a rayas celeste o azul, corbata desanudada como un gesto de rebeldía estéril, los sacos puestos o en el hombro, y la mayor parte de la gente leyendo periódicos. Al llegar a Olivos, un grupo de cartoneros esperando la complicidad de la noche, el fin del día para iniciar su trabajo. Las historias paralelas de buenos aires, sus mundos sumergidos e ignorados (como las villas miseria de Retiro, el tren de la costa con las mansiones de un lado y la villa del otro de la ventanilla…). Llegamos a casa de mis viejos, me despido de las niñas y vuelvo a salir para el centro para llegar al San Martín a tiempo para ver la obra. Mucha careteada en el palier de entrada: se intuye mucho político o gente de la “cultura” porteña: viejas y viejos venidos a menos en un estado bastante indigno, aparentando imposibles y dejando entrever mucha grieta, demasiada… como la escena final de Muerte en Venecia con la tintura corriendo por la mejilla…
Entro a la sala, cierro los ojos y medito un minuto para descansar la cabeza. Poco a poco la sala se llena, se apagan las luces, Eli me saluda y se va a la consola de luces, a mi lado su ayudante. Comienza “La Tempestad” por el grupo de danza contemporánea del San Martín, coreografía de Weinrot (música de Glass). Un espectáculo de encefalograma plano. Pretencioso por lo bajo y sin poder determinar las alturas de los distintos escalones. Al final, banquete en el hall de entrada, más careteada. Nos vamos con Eli, su novia y Mónica (una artista plástica de misiones) a cenar a una parrilla. Hablamos de la obra, de la vida, de España y Argentina, en fin, un poco de todo. Una charla muy amena, agradable, enriquecedora y cariñosa.
Luego, la visita de su casa (un espacio muy de vivir, cuidado, atento y limpio) con su jardín zen. Y ya siendo las 2.30 de la madrugada me traen en su coche Eli y su compañera Cristina en un viaje por Maipú desolada.
Miércoles 04.
Mañana en casa de mis viejos, de deberes, mate y balcón. Ordeno la valija de las nenas para el viaje al campo. El cielo gris galvanizado, con gruesas nubes blancas colándose entre las fisuras de su chapa. Al menos no llueve.
Vamos a comer al mediodía a casa de Amanda, con esa cordialidad tan suya de barrio y afecto. Luego me dejan en la estación La Lucila y ellas siguen para encontrarse con mi vieja y mis sobrinos e ir al museo del niño en Abasto.
Aprovecho yo entonces para ir al centro, encontrarme con María José y recuperar mis pinturas, ver libros y música y oler buenos aires. Una lluvia torrencial impide el olvido. En segundos las calles resuman agua, en ríos de alcantarilla arremolinada, olas de salpicadura con el paso de cada bondi, las baldosas y su líquida mordedura de tobillo. Gotas gordas cayendo en el cuello de la camisa, otras colgadas de la punta de la nariz o las cejas en una suerte de baño bautismal que no detiene el movimiento de las personas, de los coches, de las casas.
A las 18 me encuentro en Cerrito y Santa Fe con Sergio y mientras espero cobijado en un toldo de esquina un hombre a mi lado (tucumano) comienza a hablarme sin mediación previa: yo tenía un paisano que miraba al cielo y decía –ya está amainando- y salía bajo la lluvia a caminar. Claro que acá en la ciudad molesta, no?, pero lo bien que le hace esto al campo. Mi padre allá en la chacra en Tucumán sembró sorgo y ahora con esta lluvia va a pegar un lindo estirón. (de pronto queda entablada una efímera amistad que alivia el paso del tiempo, acompaña y se desvanece con el bocinazo de Sergio desde la esquina). Hasta luego, y no se moje (y jamás volveré a ver a esta persona).
Sergio me lleva a pasear por Palermo Soho. Una sensación un poco extraña esta de recorrer el tan querido y conocido barrio de Palermo, el de mis búsquedas de casa emancipatoria en aquél entonces, o el de las noches en La trastienda, con Yabor, Rubén Rada, Alicia Rinaldi, el encuentro con Dino Saluzzi pidiendo por favor que le dieran una fecha para tocar, que él si no tocaba se enfermaba, la exposición (primera y última de bar con Sergio en un lejano 1980? 81?). Ahora la misma fachada, esquinas en ochava de casa baja pero con interiores de diseño, un aire de modernidad y de juventud golosa por comerse la actualidad en tanta imagen de revista, viaje furtivo a las grandes capitales de la moda (¿). La sensación sin embargo se parece más a un desembarco interplanetario que a un genuino brote desde los adoquines. Cuánto durará todo esto? Todo con mucho y exquisito gusto, con unos precios que muestran el doblez permanente de esta sociedad porteña tan dada a descontar la espalda. Pero, se puede criticar esto? Qué es lo que se sigue esperando de aquél lado del horizonte, el del mar barro lejano y anhelado? Un desembarco que seguramente jamás se ha producido. El horizonte se reduce al Este. Y qué pasa con el otro horizonte? el del Oeste pampa montaña? Sigue enquistado un atávico terror malónico? Hay Ezequiel, el día que seas libro de texto… quizás entonces tu radiografía de la pampa nos muestre el profundo esqueleto que nos sustenta.
Visitamos la galería en la que Sergio expuso y no me animo a comentar nada (ese tiempo tiene que quedar detrás de mí, ineludiblemente). Y luego un café muy agradable en un bar de esquina, antiguo galpón con techo de chapa acanalada y ahora muy “fashion” como se dice acá. El afecto del gordo nos envuelve y lo siento dentro de mí. Su soledad se va amasando lentamente pero no amarga.
Luego vamos a su casa, Graciela, los chicos de ambos, dos perros y un bienestar material de magnitud. Su taller, sus cuadros, el lastre aún del abuelo Bonome, cada vez más lejos afortunadamente. Y de pronto el timbre introduce en mi mundo la figura de Ariel Fridmann 30 años más tarde… Cambian los envases, pero yo sigo viendo al Ariel del Buenos Aires, de las tardes en su casa jugando al subuteo mientras los prácticos de física, con Alejandro Grinspun o Fabián Borenstein. 30 años que se aplastan en un abrazo, un beso y tanto calor que se reúne. Qué lindo, una cena después de tanto tiempo, la misma alegría, claro que faltan el saco azul, los machetes, pantalones grises, las filas de bancos de madera, los cielorrasos tan altos de esas aulas del Nacional… El envase ha cambiado pero qué lindo que todo siga teniendo el mismo sabor.
Y, ya tarde, una despedida más que ahora empieza a parecerse cada vez más a los re-encuentros. Un taxi hablador me deshilacha tanto recuerdo, me transporta por calles anchas de asfalto humedecido, Congreso, Libertador y finalmente la estación de Olivos. Buenas noches. Camino las calles acompañado de árboles, de recuerdos, de olores, de piel. Todo se me apelotona en el pecho y por algún desconocido impulso doy una fuerte bocanada de aire ensanchando los pulmones.
Jueves 5
Amanecer a las 6.30 de la mañana. Despierto a las nenas y se preparan para salir con mis viejos al campo. Mi madre comienza a ponerse pesada con su incontinencia verbal y su constante reclamo de atención (hasta las nenas lo notan y se molestan y yo me veo en ellas reflejado y entiendo muchos de mis años de infancia). Finalmente parten y decido quedarme despierto, tomando mate, viendo el amanecer en el río, llamándote por teléfono aunque no te encuentro. Ordeno un poco mis cosas para llevar (de ayacucho seguiremos viaje a torquist con Alex, Anabel y sus hijas) y salgo a pasear al puerto de Olivos. El río está bajo y se ven las “olitas de minué” en el barro. Un resplandor en el horizonte que es lo único que hermana al río con su nombre. Desayuno en un bar en su orilla mirando largas horas sus aguas, dejando que la mente y la vista naveguen sin rumbo. Un par de fotos.
Luego de regreso me meto en un cyber y te escribo un mail. Al llegar a casa vuelvo a intentarlo al teléfono y puedo escuchar tu voz. Cómo me alegra escucharte…Qué linda sensación tan largamente olvidada.
Termino de armar la valija y me tomo el Mitre hasta Retiro. Pasada la estación del Mitre comienza algo más de la buenos aires no oficial, los vendedores de chipás, la gente de provincia y su sueño de prosperidad en la capital, el mercadeo por la calle, la comida apurada en bares de precariedad llamativa. Se abren las puertas a otro mundo… el que no figura salvo en estadísticas, el que no lleva nombre ni tapa de diarios, el de la lucha muchas veces estéril. Camino hasta la terminal de Ómnibus, saco el pasaje y me siento en un bar a comer algo mientras me dejo invadir por toda esa mezcla de olores, colores, sentimientos.
Finalmente subo al micro (muy deteriorado, con los tapizados sucios, las ventanillas rajadas, olor a humedad, todo tan alejado de las revistas). Pero a la media hora mis primeros contactos con la Pampa, la llanura de monte y paja, de vaca y eucaliptos, las líneas rectas intentando lo imposible. Vuelvo a ponerme bien.
El sueño me vence y el viaje se transforma en una mezcla inexacta de imágenes soñadas y vistas. Al atardecer, la llegada a Las Armas, la ruta 74 y el sol de frente rumbo a Tandil. Casi al ponerse el sol, el micro para en La Llegada y transbordamos en una furgoneta para entrar al pueblo. En la estación mi viejo me espera con la puesta del sol. Hacemos los 15 km al campo y allí me encuentro nuevamente con los sobrinos y mi vieja. Ya de noche vuelven los recuerdos. La precariedad de la falta de luz eléctrica. Iluminación a velas y farol de gas como cuando los 7 años. Las cosas no cambian en este entorno. (cuántas veces vienen a mi mente tus comentarios relativos a lo importante de cerrar los ciclos… ahora entiendo que en mi familia los ciclos jamás se cierran y quizás eso tenga mucho que ver con todo lo que me ha tocado vivir antes. Ahora ya no quiero. Pero me sigue doliendo tanta dejadez, tanta infelicidad, tanto malestar). La casa está en penumbras y la voy reconociendo sumando retazos de imágenes con recuerdos. Afortunadamente esta casa la conozco al centímetro, la he visto nacer, primero en papel y luego en ladrillo. Pero así y todo duele. Salgo afuera para llenarme de luna. Espléndida. Después de cenar salgo a caminar con las nenas hasta la tranquera y me fumo un cigarro con ellas bajo la luna llena. A dormir.
Viernes 8.
Día de sol pero ventoso. Mis primeras imágenes al despertar, un cielo azul a través del vidrio en el techo de la casa. Salgo a la terraza del dormitorio y me inunda el olor a lavanda (exuberante e inadvertida para los demás). El potrero de las lecheras, el boulevard de eucaliptos hasta el camino de tierra. El monte a lo lejos por el lado de la salida del sol y a la derecha parte del monte del Rosario. Ruidos de pájaros: teros, horneros, cotorras, palomas torcazas, a lo lejos chajaes y chimangos. He dormido unas 10 horas y siento algo de dolor de cabeza (será por tanto dormir?). Bajo a la cocina y me pongo a tomar mate. Salgo a caminar por el potrero de las lecheras con Bianca y Franco (leila aún duerme) y en el molino veo a lo lejos en el potrero 6 una pareja de teros caminando con la cría. Trato de fijar la vista pero entre que les abro la tranquera a los chicos, los pierdo de vista. Nos acercamos al lugar pero no consigo descubrir a la cría. Subimos al molino para ver un poco a lo lejos, respirar aire… Volvemos a desayunar y mientras Marques nos ensilla un caballo pequeña charla en la cocina. Mi madre nerviosa (cada día más) y pesada con los preparativos y las organizaciones. Comienza a tornarse agobiante. Hasta Bianca lo nota y empieza a mostrar disgusto (peor aún, comienza el circuito tan doloroso y conocido de memoria de mi infancia, ese en el que una vez comenzado no sabés cómo hacer para detener, y al mismo tiempo te negás a aceptar como inevitable…). Salgo de la cocina con Bianca y Franco, agarramos el caballo y volvemos al potrero. Ahora consigo descubrir a un pichón de tero. Bianca lo agarra con la mano (veo en su cara la mezcla de miedo y fascinación) y lo llevamos a casa. Cuando estamos llegando salen corriendo Leila y Solana al encuentro. El pichón de tero queda definitivamente adoptado. Le hacen una casita con caja de cartón, le ponen agua y comida y comienzan a incorporarlo en su imaginario.
La hija mayor de mi hermano consigue atraer la atención y chupar la energía de la mayor parte de los adultos. Pasa una etapa de celos que pone los nervios de punta, al menos a mí me cuesta bastante el mantenerme neutral y contemplativo. Siento que se me empieza a desbaratar la calma y el buen humor. Es como una película antigua revivida en la distancia. Las mismas actitudes que tanto me hicieron sufrir en la infancia, las mismas intolerancias, los mismos agravios, la misma incapacidad de dar afecto. Todo empieza a sobrepasarme. Solo me queda el refugio de la naturaleza y de mis hijas.
Al mediodía mi padre prepara un asado (el segundo del viaje, a pesar de haber comentado mis ganas de comer asado la mayor cantidad de veces posible). La carne es de una vaca vieja carneada en el mismo campo (continúa la salpicadura). La parrilla se cae a pedazos, oxidada, sin ruedas… Intento ponerle ánimo y me acerco a mi padre a hablar (imposible doblar su monólogo, inútil intercalar cualquier tipo de comentario, solo necesita orejas que le escuchen, sometimiento incondicional, no puedo…)
En la hora de la siesta hago deberes con las nenas y mientras me recuesto caigo repetidamente en sueños súper profundos, con ronquido incluido. No atiendo a la señal y continúo. Por la tarde andamos a caballo con las nenas y mis sobrinos, turnándonos en los dos caballos que hay. Paseo por el pueblo en coche. Locutorio y leída de mensajes (los tuyos).
Vuelta al campo para el atardecer. Cena, familia, alboroto, desorden, descuido… Llego a la cama exhausto e incapaz de poder transmitir nada de esto a nadie.
Sábado 09
Salimos por la mañana a recorrer con Márquez y mi hermano. El recuerdo de los 9 años se agolpa nuevamente y me alimenta. Pero pronto la charla (que yo hubiera deseado acallar) se reduce a un nuevo anecdotario de mi viejo. Sigue cercando fronteras la mala onda y siento ya que no puedo evitar su marea. Cómo se puede hacer para convivir con tanto alejamiento? No participo pero de todos modos siento que la charla me va tiñendo. Busco el horizonte, la presencia de la pampa, el reconocimiento del terreno y poco a poco todo va cediendo. Finalmente algo de todo ese gris termina instalándoseme en el alma.
Regresamos para la hora de comer (el asado deseado se ha convertido en la imposición de unos ravioles que mi madre quería a toda costa servir) y luego a hacer los deberes e intentar descansar un poco.
Por la tarde me decido y no dejo pasar mi intención de salir al campo con las niñas solo. Ensillo los caballos y nos vamos los tres a recorrer y buscar la yegua petisa de Bianca (una de sus ilusiones en este viaje que debo procurar satisfacer solo). Con Bianca y Leila siento que todo lo demás sería casi prescindible. Demoro el regreso aún a sabiendas de las malas caras al regreso. Especialmente de mi madre (ahora me resulta tan evidente su permanente reproche hacia mi persona…la infelicidad de la infancia comienza ya a desenmascararse por completo).
Al finalizar la tarde se accede al pedido de mi madre de querer ir a toda costa a tomar algo al pueblo (la hora ya se había pasado pero su malestar hacía impostergable la salida). En la confitería del Anarquista (toda remodelada y bastardeada con un alarde de modernidad irrespetuoso) mi madre sigue con su malestar (ahora es el ruido que le molesta). Mis intentos por evitar caer se hacen ya desesperados. No puedo.
Regresamos tarde para alcanzar a cenar e ir a la cama. Creo que ya ni puedo contener a las niñas y siento que se resienten.
Por la noche (no sé qué hora sería) siento arcadas en el cuarto de las nenas. Acudo y veo a Solana vomitando sobre su cama. Nadie aparece. Trato de contenerla primero y empiezo a lavar y levantar todo el vómito después. La mando a dormir a mi cama y termino la tarea. Nadie aparece. Sé que estoy haciendo algo bueno, pero no puedo evitar preguntarme: ¿qué estoy yo haciendo aquí?. Supongo que una hora más tarde (alucino que nadie haya escuchado nada) termino de limpiar todo y me acuesto en el sillón delante del hogar improvisando una suerte de cama. El ácido del vómito dentro de mis fosas nasales. Trato de dormirme.
Al rato (ya había vuelto a dormir) otra vez la siento a Solana vomitar. Ahora arriba en mi ex cama. Ahora sí acuden mis padres sorprendidos (el comentario: cómo no nos avisaste antes? No puedo más). Me bajo nuevamente a dormir al lado del fuego. Vuelvo a sentir una tercera arcada pero esta vez ya no me levanto.
Lunes 20 de Marzo.
Despierto con un nítido recuerdo de lo soñado. Cada vez acerco más el mundo de los sueños a mi vida cotidiana. Esto me llena de satisfacción. De camino al trabajo recuerdo la exposición de Viola en Madrid (The Passions). Él habla de la pérdida de soledad y aislamiento a que nos somete la vida cotidiana en nuestra sociedad. Dice que sólo en el silencio surge toda pauta moral (gran acierto). Y pienso si la simetría no sería formalmente un buen marco para recuperar la quietud. Lo simétrico como el elemento cíclico por excelencia en el que no solo se suspende principio y fin sino incluso todo movimiento. Pienso en lo perecedero asociado al movimiento lineal y en lo eterno asociado al movimiento cíclico (naturaleza por ejemplo, vida-muerte, y toda dualidad imaginable que en su movimiento y alternancia implican necesariamente un tercer elemento, a saber: el vacío, el espacio entre ambas, fin de una-comienzo de otra). Asociación con Roberto Juarroz y el texto leído anoche antes de dormir: “entre el que da y el que recibe, entre el que habla y el que escucha, hay una eternidad inconsolable. El poeta lo sabe.”
Al mediodía lo espero e invito a comer a Roberto. Hablamos de todo esto pero por momento me sucede lo de los dos silencios: el silencio de cuando callo y el silencio de cuando hablo y no llego.
Hay hoy mucha humedad, en estos días el cielo parece acercarse a lo humano. Camino de regreso a casa y siempre me asalta el mismo pensamiento: ¿qué pasa con los gestos repetidos?, ¿el pasar todos los días por el mismo sitio aproximadamente a la misma hora?. Me gusta imaginar que algún día recibiré señales. Tengo que estar más atento porque lo cotidiano me seduce y aletarga.
Ver muestras como la de Bill Viola hace que no me sienta tan solo. Una suerte de hermandad distante en lo corporal, cercana en lo espiritual. Es una voz de aliento.
Domingo 19 de Noviembre.
Leo en el país: “cuando se pierde la conciencia individual, se ve todo como materia volátil”. Algo de eso hay. El problema sigue siendo lo cotidiano y su vulgaridad o mejor dicho su maciza condición. Un casi espíritu deambulando entre columnas de granito y muros de hormigón, en el bosque de los prejuicios y la quietud.
Otra idea: el concepto de identidad asociado a la figura de un archipiélago más que a la insularidad. Acabaría quizás con la idea del coto cerrado y permitiría probablemente una aceptación mucho más cotidiana del “otro”. Vienen tiempos de cambio y de migraciones, épocas en las que el concepto mismo de sedentarismo se pondrá en serio cuestionamiento. ¿Qué mejor entonces que asociar la identidad (al menos mientras esta idea siga siendo fundacional en nuestras sociedades) con un criterio atomizado y plural para facilitar tanta diferencia y otredad que se avecina?
El sedentarismo simplemente se ha asociado en la actualidad a un tema mediático. Por internet, por televisión, a través de medios de información tenemos la falsa creencia de estar conectados con las diversas partes del archipiélago, cuando en realidad seguimos mullidamente apoltronados en nuestra limitada sala de estar mental.
El cambio se avecina, (y no quiero sonar fatalista sino previsor). El inmovilismo mental hoy en día sólo llevará al enfrentamiento y posterior derrumbe. Tocaría una revisión a fondo de la veracidad de la idea de pureza o cohesión como elemento fundacional de toda identidad. El mestizaje irá abriendo brecha para finalmente asumir al archipiélago como único ámbito posible y verdadero de discurso mental.
Lunes 12 de Septiembre.
Un aeropuerto, el de Munich y cuatro horas por delante hasta que salga el vuelo a Berlín. He adelantado la partida, o mejor dicho me he puesto en situación de partida antes de lo planeado casi por una cuestión de supervivencia de espíritu. La renovada vivencia del entorno alemán, después de haber migrado al mediterráneo, me permite terminar de cerrar ciclos que por lo imperioso y la premura del abandono de este país hace ya dos años y medio, no habían terminado de tener lugar.
Este sitio está muy enfermo. El egoísmo o la supervaloración de lo personal se han llegado a instalar como una suerte de diaria normalidad. No sé si podría hablar en este caso de una sociedad, porque el intercambio se ha reducido aquí a la obligada, ineludible pero al mismo tiempo temerosa coexistencia. ¡Cuánta tristeza! Una fachada material, una carcasa para acallar tanto grito reprimido, tanta forzada educación y complacencia. Pero en el fondo… ¡Quién podría librarme de escuchar tanto dolor!
¿Es que no se han dado cuenta?
Llovizna y pienso que hasta el clima se vuelve solidario con este nostálgico modo de entender la vida. Quietud. Un silencio que incomoda más que los modales refinados: sehr interessant!
Busco la mesa de un café y la pantalla de un televisor donde emiten un partido de fútbol que no llegará nunca a emocionarme pero que al menos hará que la conmoción no crezca.
Debo afinar más el olfato y comenzar a ser más selectivo. No puedo seguir permitiéndome el contacto y la alternancia con tanta enfermedad. ¿Es que aún no he terminado de aprender? ¿Será un recurrente deseo o necesidad de creer en lo humano en forma genérica? Está claro que eso no es posible. Dejar de mirar tanto hacia fuera. Cuidar la quintita, el terrenito otorgado. Seguir podando lo necesario, dando vuelta el terreno antes de que se agote. Eso. Al trabajo…
Domingo 17 de septiembre
Otra vez Berlín. De nuevo el re-encuentro del pasado. Pero esta vez el saberme de paso me permite una cierta impermeabilidad para con el medio. Soy espectador, sigo curioso, pero con el privilegio que otorga el saberme extranjero. Las cosas no han cambiado demasiado. Sigue siendo Berlín una ciudad pulpo alimentándose de las almas en pena que deambulan por sus calles, buscando algún tipo de pertenencia, inventando algún tipo de utopía de superficie, embebidos de una suerte de borrachera de ambición muy bien maquillada y encubierta.
La ciudad como un gran experimento de frontera corporal, el más lejano extremo de nuestra identidad. Nuestras manos más lejanas palpando una arcilla en permanente cambio, modelando contornos en los que el pasado se impone a cualquier intento de modernidad. Siento los gritos encubiertos, los antes dichos y los hoy civilizadamente callados. Las sonrisas se impostan en los rostros como una mueca del todo ajena al lenguaje corporal. Dónde van los sueños de la gente que sueña en Berlín?
Los monólogos silenciosos se apelotonan en los vagones del U-bahn (como en la película de Wim Wenders “Der Himmel über Berlin”). Una masa de palabras para construir no ya un muro sino cientos de ellos rodeando a cada uno de sus habitantes, a cada grupo de pertenencia, pero ¡cuánto miedo! ¡cómo pesa en Berlín el temor….!
Miércoles 28 de septiembre.
Creo que Berlín será para mí siempre un pasado. Cada esquina tapizada de recuerdos que cuelgan abandonados, como detenidos en un tiempo que pasó. Las calles bordadas en melancolía: el nacimiento de Leila con la nieve y los apuros y resbalones en la caminata hacia el hospital. Las plazas y las zonas de juego mantienen congeladas imágenes de las niñas, como un álbum de fotos secreto al que solo mis ojos parecieran tener acceso. El cielo vuelve a cargarse de gris y desciende en llovizna como un manto de nostalgia que va sembrando los adoquines de llanto acumulado. Sigo oyendo lamentos por todos lados, y la sensación de ser sólo yo quien lo percibe, o quizás las caras ausentes de la gente en el metro…
Se me instala lentamente la necesidad de salir de aquí, a pesar del agua, de los árboles, del río. El poema de Rilke:
Un cielo pálido y gris en el que los colores se marchitan,
A lo lejos, un destello, como el fuego de una cicatriz.
Reflejos que erran y se posan.
Hay en el aire un desfallecido perfume de rosas
Y lágrimas contenidas.
Jueves 29 de septiembre.
Pronto el regreso a España. Ya comienza lentamente, pero se instala, otro proceso más de despedida, y ya son… El viernes con la niñas a la piscina y a disfrutar un tiempo compartido hasta que la semana siguiente vengan a Valencia. Y a pesar de todo, sigue en mí la necesidad de seguir creyendo en la gente.
Viernes 30 de septiembre.
¡Cuánto silencio! En el metro gente ensimismada en libros, periódicos, sueños, pensamientos, problemas… Siento que si algún día todo ese murmullo se expresara, sería capaz de volver a tirar el muro, esta vez definitivamente. Que lo físico y lo espiritual no se sirven en el mismo plato, aunque lo espiritual siempre encarne. Y un muro de piedra siempre será un muro de piedra, y su demolición no implica ningún cambio siempre y cuando no se derrumbe también el contenido espiritual que tenía ese cúmulo de hormigón y acero.
Mucha gente anda deambulando como perdida. ¿Qué será aquello que andan echando en falta?
Jueves 22 de abril de 2004
No se debería decir que todo aquello con lo que siempre hemos soñado sea simplemente producto de nuestro deseo. Más bien convendría reconocer que vivimos inmersos en un esquema de sutil y compleja trama que, aunque a nuestros ojos resulte poco explicable en términos de humana y limitada lógica, contempla en su diseño aquella consecución de hechos que hemos dado en llamar azar, y por tanto, si no somos capaces de admiración y regocijo, deberíamos cuanto menos callar.
Jueves 16 de Septiembre.
Si se continúa con el proceso de desvalorización, de pérdida de distinción (en el sentido de ser uno distinto de otro) y de amnesia, se llegará a un punto en el que el temor humano será muy difícil de controlar por impredecible.
¿Quién podrá, llegado aese extremo, contener o evitar su bestial manifestación?
24 de Octubre en el 2002
Algo que nos obligue a dar la vuelta, a detener la marcha; que nos retenga el alma por el angosto de su cintura. Encontrar un par de ojos que nos convoque y nos moje el cuerpo con el nombre, hasta que finalmente podamos reconocer el sonido de nuestro propio idioma. Como un comienzo de línea que intuímos círculo. Y que no importe.
Toda oración que emerge nos acorrala en la dirección del olvido, porque aún el recuerdo es olvido por el lado de su inevitable mentira (…y así la mentira no pierde su carácter aunque se extienda de unos a otros a grandes distancias y tiempos remotos, y se diga y se publique por personas que de buena fe la crean como cierta…)
Quizás sea el propio nombre la única palabra digna de ser conjugada aunque no verbo. Y sin embargo escribir…
Un ver verano
de ochava plateada
olor a sombra sauce
tilo bulevar
Un mirar en profundo
de horadar obstinado
que nos exilie el verbo canoso
a su dominio de invariable llanura
Un ver absuelto
Un mirar resoluto
que graben el iris del recuerdo
de nuestro horizontal lujo de nombrar.
Ya no tengo más distancia
donde apoyar la mirada
Ni línea que me circunde
con su alternancia de claroscuro
La humedad empaña los bordes
con vapores de un óxido indiferente
El decir
me agotó las palabras
El nombrar
me atraviesa en su ajeno
Me quedan sin embargo memoria
y dos orillas
como al comienzo.
Tal vez sea esto llamado vida
el espacio que media entre dos preguntas
o las dos caras de un mismo interrogante
sin llegar a ser nosotros su respuesta.
Recorrer el mundo
en su largo
y en su ancho
no nos ampara frente a su abismo.
Cuando el tiempo nos refleje
en el fondo de su esencia,
Cuando la acción nos murmure
su ineficacia de soporte y cobijo,
Cuando enunciar
nombrar
ordenar nos arrinconen
contra el límite de sus específicas quimeras,
habrá llegado entonces la hora
de renunciar al gesto
y a la palabra,
para poder así, sin más demoras,
salir corriendo a inaugurar el día.
Un labio miope refrena en obscuro
el sudor que nos bautiza la sien,
el decir angosto,
un llanto sin silueta
a la hora y en el lugar de su crepúsculo.
Porfiada niebla del dos más dos es cuatro nos rodea
aflojando el estupor en geométrico envoltorio,
arropando en el ah claro
el persistente temblor
de nuestro verbo recientemente estremecido.
Un último rayo de última hendija.
Una penúltima sombra colgada de horizonte en el tobillo.
Y un texto
banizando la costumbre
de nuestra cardinal desmemoria.
¿No habrá sido entonces el diluvio?
Estar dentro no es entrar
sino más bien no haber salido.
Caminar
es otro modo
de mover el mundo.
Quiero que me guarden el nombre
entre flores de jacarandá y hojas de gomero
Que retengan mi intento
oculto entre orillas bajo el barro de su lecho
Que sumerjan en un techo de glicinas
la suma de trazos que me excedieron el silencio.
Tengo el calendario cansado
He dejado de contar las horas
para que mi andar se abisme
He inaugurado una puerta
sin pedido de licencia
Acaso una noche alguien me contraiga
al hacer suyo y necesario
el renovado intento de volver a llamarme.
He sentido en el lento precipitar
una sorda sensación de umbral traspuesto
un dejarse ir mudo.
Perforando ese silencio de fondo
Anulando esa infinitud de cero
Un aleteo de ave de noche se impone
forzando así, en el límite,
el recomienzo de los ciclos en mi despertar
(un día antes del consumado olvido)
Reconoceré entonces en el ave
el sonido de la letras que te nombran.
reconozco voces
entre los pliegues de cada abrazo
oigo sombras
en las grietas de los gestos
palpo cegueras
exhalo puñados de tierra yerma
y la memoria me supura a través de distancias abiertas.
Cuento, entonces,
para fijar un posible encaje
Habré de despertar antes
de que el tiempo me convenza su sirena.
Antes de empezar.
Yo no sé para qué me pongo a escribir todo esto. Le doy vueltas al asunto tratando de encontrarle alguna justificación, algo que me explique su porqué, o que me convenza de su impostergable necesidad, y no hay caso, nada de lo que se me ocurre termina de darle un sentido. Lo único cierto es que tengo que hacerlo. No puedo evitarlo. En realidad, es como con casi todo lo que hago, porque la lógica o el sentido siempre se me antojaron retroactivos. Quizás esté bien así. Muchas palabras para justificar tan poca e-videncia, tanto ojo nublado (del de mirar lejos y dentro). Primero, un impulso profundo suficiente para trazar una dirección. Después, ya en camino, la costumbre de empezar a mirar por la ventanilla con el pensamiento ya instalado de que toda dirección tomada deja una infinita cantidad de otros rumbos posibles, huérfanos de recorrido. Y entonces la niebla en el ojo llovido, la mirada retroactiva. La necesidad de cotejar en el boleto un destino inequívoco y de comprar también con su precio la certidumbre. Taparse entonces rápidamente con el hábito de nombrar y de explicar lo que claramente emerge azaroso. Porque la duda siempre trae frio y el hábito no hace al monje pero le da calurosa certeza. Claro que si pudiera mirar sólo para adelante todo sería más fácil. Uno podría hasta creerse imprescindible, o cuanto menos importante. Pero nunca se me dió demasiado el mentir. Lo veo en los demás. Y me apiado. Porque sé que es una forma de sobrevivir, o al menos, me imagino que así sea. Que a mí no me resulte es otro tema, es mi tema. No pienses demasiado, me dice mi madre, tu abuela, que pensar te hace mal. Qué gracia, como si fuera la cosa tan fácil. Y en realidad lo sería de poder creer que soy yo el que decido. Pero no soy yo. La mayoría de la gente ni se imagina el peso que tiene la memoria cuando elige a alguien para volver a resucitar. Y, ¿qué puede hacer uno con la memoria sino es recordar? O mejor dicho acumular. Porque el que tiene memoria no recuerda sino que más bien acumula. No recuerda porque nunca olvida. Y entonces tiene que andar con toda esa carga encima que cada vez es mayor y más pesada, y el único alivio es poder ordenar para juntar en grupos de parecidos tanto paquete y no volverse loco. O escribir. Sí, ahí está. Escribir para aliviar la carga. O para ordenarla. Y tal vez descubriendo las relaciones entre esos grupos de recuerdos que aún se amontonan desordenados comience a entrever quién soy y qué hago aquí, en este lugar tan frío y tan lejos, tan distinto de todo aquello que hace nueve años era mi mundo. O mejor dicho nuestro mundo, por tu madre claro. Entonces era todo más fácil, porque aunque el mundo seguía siendo redondo, no germinaba todavía la necesidad de acercar las orillas de una historia tan desmembrada y desde un comienzo tan ligada al viaje y a la despedida.
A veces se me ocurre imaginarte de grande leyendo esta suerte de despojo, y con esa imágen me consuelo, pensando que toda esta historia también entrará a formar parte de tu vida y con ello encontrará una justificación suficiente. Al menos hoy, mientras escribo y te veo sentada jugando con tus dos años y medio, todo esto parece necesario. Pero luego sé que esa imágen es sólo el producto de mi escasez, o de mis ganas de que así sea. Tu mamá diría que yo siempre estoy pensando en la posteridad. Yo creo más bien en la continuidad de las cosas y de las historias. No me termina de saciar eso de que el mundo empieza y acaba con uno. Qué arrogancia!. Las orillas siguen con tanto mar entre medio. Me gusta más la imágen de la carrera de postas, en la que cada corredor, cumplido su trayecto entrega la vara al siguiente para que cumpla con el suyo, y así sucesivamente. Hay algo de magia en el momento en que ambos corren juntos y se hace la entrega del relevo. Uno apurando sus últimos pasos con el cansancio y la satisfacción (quizás) de haber cumplido su destino, el otro con la fresca ilusión de lo que está aún por empezar. Un momento en el que el fin y el comienzo se abrazan y confunden en lo innombrable: ¿muerte, nacimiento?
Porque si todo acabara con la cavada explicame vos, ¿porqué iba yo a sentir siete años atrás, en Puentecesures, esa suerte de nostalgia que sólo se puede sentir por los lugares queridos y por lo tanto vividos si yo hasta ese entonces jamás había pisado ese lugar? (salvo en el plato, claro) ¿Alguna vez sentiste morriña por lo desconocido?. Por eso es que trato de armar de algún modo esta suerte de rompecabezas hecho a base de restos de memoria deshilachados, para encontrarme de vuelta con aquellos que me precedieron y entender un poco mejor quién soy. ¿Podrá servirtre esto?
Hoy, con 37 años, sé definitivamente que el tiempo no es una línea que crece al compás de nuestras vidas. Quizás nosotros no seamos más que el material necesario para que él se defina.
El Plato.
Recuerdo por ejemplo un gran plato de cerámica blanca, bastante tosco y pesado, que colgaba en la galería de la casa del campo y por el cual mi padre demostraba un particular cariño. Una suerte de necesidad de conservación que yo a mis 9 años no terminaba de comprender. Sobre todo después de haberle vivido tanto doloroso desapego en tan poco tiempo. En el centro había pintado un paisaje. Un río, con casas bajas en ambas orillas y atravesado por un puente de arcos de medio punto (esto lo supe después, cuando los años de arquitectura) y por encima de todo una palabra: Puentecesures. Este es el pueblo de donde vino el abuelo Alejandro, decía mi mamá. Yo pasaba bastante tiempo, mientras los grandes dormían la siesta, observando ese paisaje, como esperando que en cualquier momento alguien atravesara ese puente, o las aguas del río se movieran. Nunca supe cómo fue a parar ese plato desde Galicia hasta Ayacucho, en un viaje de algo más de diez mil kilómetros, pero a veces creo que si ciertos objetos hablaran, lo que nos contarían podría parecerse bastante a la historia de una persona cualquiera como yo, con sus idas y venidas, cambios de rumbo y de mundo, destinos inesperados que sólo nuestra ceguera nos hacen creer premeditados. Es más, si me descuido, cuando después de tantos años pude finalmente ver las aguas de ese río moverse y pude atravesar a pie ese puente romano para ir a Padrón, no sé ya si lo que siguió fue mi vida o la del plato que tomó mi cuerpo prestado. ¿No será todo lo que nos toca vivir, el pensamiento cristalizado de aquellos objetos entre los que nos movemos cotidianamente? Si así fuera, ¿quién es el que en este momento escribe estas palabras? Sólo sé que es probable que la imágen del puente-pueblo-río siga estando adosada a ese trozo redondo de cerámica, colgado de alguna pared, quizás a la espera de que en algún momento vos lo mires y a partir de entonces se reanude, con tu vida, el ciclo de historias aún por contar. Y si ese plato ya no existiera, ni la pared, ni Ayacucho, quizás este texto sea una nueva de sus encarnaciones. O el relevo de una posta.
Por algo hay que empezar.
No recuerdo haber nacido. Así de sencillo. Ya sé que suena un poco elemental, pero es cierto. No conservo ninguna imágen ni recuerdo.
Tampoco sensación física alguna de ese primer movimiento de mi cuerpo queriendo buscar aire, en-pujando por sentir una gravedad propia. Yo no sé cuánto hace ya que estoy aquí encerrado, pero nunca pude descubrir en todo este tiempo algo que me permitiera recomponer ese orígen. Ninguna fotografía. Tampoco encuentro, braceando entre tanto polvo acumulado, algún paquetito que pueda reconocer como ligado a mi primera respiración. Nada. Salvo el estar vivo, no hay nada que me pruebe que ese primer aliento haya alguna vez existido. Busco por los cinco rincones de este cuarto, mientras la luz del día aún me permite ver, tanteando por fuera los bultos como queriendo adivinar el contenido. Lenguaje de ciegos. Y por momentos comienzo a agitarme. Entonces me digo, despacio, empezemos de nuevo. Pero no hay vez que, habiendo ordenado y re-ordenado todos los paquetes, re-vistando incluso aquellos que me recontra conozco de tanto urgar, desconfiando hasta de mi memoria, cambiándolos de lugar para ver si al darles la luz por otro lado se iluminara un pliegue desconocido; no hay vez, decía, que no termine aceptando esa lamentable falta de registro, ese inexplicable descuido que me obliga a empezar esta existencia con una duda. ¿Y si en vez de la primera hubiera empezado a respirar la segunda vez? Entonces ese primer aliento contenido podría reservármelo para cuando llegue la hora del último, que entonces dejaría de serlo. Una especie de inmortalidad. O cuanto menos de mortalidad postergada, que quizás venga a ser lo mismo. De todos modos de eso tampoco habrá registro.
De la primera comunión sí que hay varios paquetes que reconozco porque dentro de uno de ellos encontré una foto en la que aparezco con gomina, el cuerpo tres cuartos de perfil izquierdo la cabeza de frente (posición tan ridícula), sacando medio pechito, contra la pared del colegio. Era la calle Riobamba y el mes de Octubre del 68. Y de eso me acuerdo. Del momento en que tomaron la foto y de lo que yo sentía. Entonces era una especie de orgullo. Siempre estaba en el cuadro de honor. Hay otra foto en la que estoy recibiendo de manos del director una de tantas medallas doradas que acumulé a lo largo de los años de escuela primaria. Entonces todo estaba ordenado, no como ahora en este cuarto (Tenés que apurarte). Todos en fila, uno por baldosa negra del damero blanco y negro que hacía de piso. Delante, el estrado con la mesa larga en la que enfrentándonos se ubicaban todas las personas tan respetables que después, cuando los años militares empezaron a llamarse autoridades. Todos también en línea. Ellos uno al lado del otro. Nosotros uno atrás del otro. Estaban los directores, los vice-directores, los regentes, los profesores respetadinteligentísimos. Y cuando por los parlantes se escuchaba mi nombre yo bajaba la cabeza para inspeccionar el lustre de los zapatos y las medias tres cuartos grises. A continuación seguía una lista interminable de condecoraciones y diplomas a los que me había hecho acreedor durante el año de estudio y que yo pasaba a recoger a la mesa larga. Todos me daban la mano a cambio de un diploma y de una medalla. Una especie de trueque. Y cuando la mesa se acababa, ahí yo me daba la media vuelta, cargadísimo de trofeos, buscando los ojos de mis padres. Los veía orgullosos por el fondo, entre tanta cabeza de padre y madre espectante. Entonces bajaba por fin del estrado porque ya todo estaba bien.
Aquí en este otro paquete están todas las medallas juntas, aunque debo reconocer que perdieron bastante del brillo que entonces tenían. Entonces, la sensación de estar participando de algo, que si bien no llegaba a justificar de por sí la existencia, al menos postergaba su cuestionamiento. O era el orgullo de los demás que se me pegaba. El de mis padres. El esmero de tu abuela por desparramar la gomina bien parejita, y cómo iba yo a defraudarlos? Sería entonces una moda, pienso, lo de la gomina, digo.
Pero eso a quién le importa. En cambio, fijáte vos que algo tan decisivo como la primera inhalación, permanece en algún rincón escondida, inalcanzable. Una especie de ab-orto, de regreso de lo seco a lo húmedo. El agua (Después las inundaciones te harían recordar repetídamente tu orígen. La tierra fue entonces para vos masculina y el agua uterina). Sí sé de las consecuencias negativas que produjo mi nacimiento, y no porque las recuerde, sino porque me acuerdo de mi madre acordándose. ¿Nunca te contó la abuela de su prolapso? Hoy creo que a partir de entonces se me implantó esa maniática necesidad de justificarme una existencia del tipo „a pesar de“, una suerte de redención prolapsiana. O su manifestación exterior en el inmoderado entusiasmo por estar todo el tiempo considerando los efectos de mi actuar en los demás, en vez de ponerme a ordenar el caos de paquetes y paquetitos que dentro mío seguían acumulándose y a-cumulando nubes de polvo y de postergación (Al principio creíste poder guardar todo dentro de ese cuerpo, confiado en su permanente crecimiento. Después fue que tuviste que encerrarte en ese cuarto). Mi pobre madre.
El Teléfono.
Hace mucho que no suena el teléfono. Cada tanto voy y levanto el tubo para confirmar la estupidez y monotonía de su tono mudo. Será el precio por haber ido a encerrarse tan arriba, por haber subido tanta escalera (Siempre un paso más). Mi profesor de gimnasia tiene la culpa de esto, pero ahora no está para recriminárselo. Siempre hubo en mi vida una suerte de estar permanentemente en situaciones en las cuales el tiempo y el lugar no se correspondían. Es decir, claro que se correspondían con un tiempo y un lugar, pero nunca coincidían con mi parecer. Por ejemplo: a los dieciocho años se suele usar la noche para tantear los alcances de un cuerpo sediento en desarrollo, y no para devorar los libros de Nietzsche (aunque también sediento el pobre). La única explicación es la no correspondencia. O bien no tenía dieciocho años o no estaba yo en ese lugar, pero lamentablemente recuerdo muy bien ambos datos como pertenecientes a mi persona. Y ahora otra vez lo mismo. Acá estoy sólo esperando que el bendito profesor me llame por teléfono y nada. No llamará. Es más, ni creo que recuerde el verano del 70. Pero fué entonces, cuando yo escuche y creí en sus palabras. Me cago en tu autosuficiencia, Marincioni. Cuando uno está cansado y cree no poder más, siempre puede dar otro paso. Así. Eso dijo el reverendohijoeputa. ¿Y cómo no ibas a creerle a un señor tan alto y tan profesor y tan jefe de todo y tan valiente escalando el Cerro Tronador ? Encima al terminar el mes de campamento, ¿ no van y me regalan una pala con mi nombre grabado en una planchita de cobre como recordatorio por haber sido elegido el mejor compañero? ¿Cómo no iba le iba a creer, si con ese premio estaban sellando mi boca y anulando mi duda? Si hubiera podido aceptar eso de ser lider, me hubiera sido todo mucho más fácil. Tendrían que haber grabado el nombre en mi orgullo y no en esa palita de mierda que al final terminó oxidándose toda y vaya a saber uno dónde fue a parar después de tanta mudanza y despedida. Pero yo siempre preferí las reuniones con poca gente.
Cuando reviso este cuarto, ahora que ya todo está cubierto con una respetable capa de polvo, se vé clarito que siempre me quisieron poner en el lugar del que dirige. Capitán del equipo de fútbol, delegado estudiantil, cuadro de honor, oveja negra, cabeza dura, y un etcétera tan largo que de sólo pensarlo, el mudismo se me antoja impostergable. Total que desde entonces, siempre un paso más.
A mí me engañaron con eso del orden. Siempre me decían que las cosas tenían que estar ordenadas. Y yo por supuesto no sólo lo creí, sino que obedecí incondicionalmente (Cuando hablan los mayores los chicos se callan), como si el orden que me inculcaban fuese un valor absoluto. Algo parecido a la existencia del sol, o de tanto paquetito. Es algo que no se discute, a lo más, se lo intenta acomodar. Recién mucho tiempo después caí en la cuenta de que había infinitas posibilidades de sistemas de ordenamiento, tantas como lo arbitrario del antojo. Pero antes…, a quién se le iba a ocurrir la insolencia de pensar que la fila después del recreo podía formarse de otro modo que no fuera de menor a mayor tomando distancia con el brazo levantado así, tocándole el hombro al de adelante? A nadie. ¿Y porqué no nos podíamos ordenar alfabéticamente por apellido si en la libreta de amonestaciones estábamos escritos así, Perez-Puente y no Puente-Perez, o Puente-Berenstein? ¿O por sexo, como nos separaban en los bancos cuando los años de los militares? Siempre fueron muchas las cosas que no pude entender. Y por eso, de observar y estar tan ocupado mirando tanto porqué suelto que se me escurría más rápido de lo que me daban las manos para envolver , fue que se me empezaron a llover los ojos. No sé si es por eso que empezé a ponerme viejo, pero soy conciente de haber estado viviendo desde muy temprano un poco al margen de lo que iba pasando. Dijeron que yo era muy pensativo, pero yo lo único que estaba haciendo era tratar de ordenar tanto desarreglo. Después aprendí a cerrar los ojos de vez en cuando, aunque no tuviera sueño que dormir. Por eso es que junté todas las memorias que pude y las traje aquí arriba. Ahora sí puedo revisar todo despacio y poner cada paquete en su lugar. Aquí estoy tranquilo. No tengo nada que me interrumpa a no ser mi cansancio. El teléfono no creo que suene. Ya ni sé si alguna vez dí su número a alguien. Y cuando finalmente todo esté en su lugar, podré comenzar a llamarme. Quizás vuelva a salir entonces de este cuarto para empezar a inicia(la)r lo que me queda de vida.
-El proyecto colonizador europeo fue una inmejorable (y si se quiere ser piadoso, inconsciente) excusa para que occidente encontrara su propia identidad. 20/5/97.
– El hecho de mirar y hacer público lo que se ha visto es sobre todo una decisión moral. 5/6/97.
– El dualismo nos quita magnitud y nos da tamaño. 6/8/97.
La luz origina dualidad, o al menos su credibilidad posible. Al iluminar se esclarece y simultaneamente se oscurece. Octubre
¿Qué correspondencia entre lo visto y lo previsto nos hará más evidente la ilusión de los objetos?
El arte como un modo objetual de pensar la vida. Y algunas otras cosas más…
Entre el revisionismo y la contemporaneidad existe una diferencia cuantitativa en lo que respecta a la cuota de riesgo asumido.
No se trata de evitar el ver, sino por el contrario de no inducirlo, de estimular en los demás el deseo de ver por sí mismos.
El que por tratarse de la misma persona podamos reconocer en dos fotos suyas la correspondencia con dos épocas distintas, ¿nos habilita a deducir de ello que el tiempo transcurre? ¿Qué otra explicación distinta del recuerdo o la memoria nos lleva a inferir allí un transcurso? ¿Es la memoria una inobjetable forma del engaño?
Recorrer el mundo en su ancho y en su largo no nos ampara frente a su abismo.
No contestar a una pregunta, ¿implica necesariamente el no responderla?
Ante una pregunta, responder es simplemente “una” de las actitudes de reacción posibles ( ¿imprescindible?). Hay otra actitud factible que ni siquiera debería ser escrita.
¿Se pregunta para saber, o para confirmar? Esto también es una pregunta.
¿Dónde se origina un pensamiento?
¿Qué es lo que determina el orden de aparición de las cosas?
El dualismo nos quita magnitud y nos da tamaño.
¿Es el recuerdo un llamado del presente al pasado, un ruego del pasado al presente?
¿Qué es lo que detona la emergencia de un recuerdo? ¿Se trata solamente de una invocación sensorial?
Si al menos pudiera dejarme convencer por algún tipo de certeza… A veces se me acumulan demasiado las preguntas.
¿Alinear es una forma de ordenar?, o es sólo una reducción dimensional? ¿Si se reduce para achicar (existe también la reducción expansiva pero ella no es precisamente dimensional) se ordena, o se adormece?
Existirá algún tipo de quietud que nos induzca a suponer su oculta dinámica? A pesar del miedo, claro.
Una línea en Ayacucho, la que señala los inicios y limita los finales, fue la que por primera vez redujo en mí la representación del transcurso. Enormes piedras caían silenciosa y plácidamente sobre la superficie del agua demorando indefinidamente las horas. Sin sonido se sumergían y desaparecían. Todo acontecía. El silencio se expandía en tres dimensiones hasta abarcarlo todo. El paisaje adquiría una diáfana sordidez. Tomé aire y llené mis pulmones.
Llegado a ese punto desolador en el cual por máxima concentración, se disipaban para siempre los hilos que hasta ese entonces mantenían la unión de las redes de lo cotidiano, sobrevino con la contundencia de lo obvio, el vértigo de lo ilimitado. Hacia arriba y hacia abajo.
Los contornos se diluían con movimientos envolventes (camino por el lecho seco de un río juntando guijarros). Los opuestos rebasaban magnitud y se complementaban para así revocar cualquier contradicción. – caminar de un lugar a otro contando el número de pasos y restarle la cantidad prevista para descubrir la magnitud del error-. Luz y sombra jugando a las canicas: una que gana, otra que pierde, y dominándolo todo la unidad de un tiempo común.
Era la máxima expansión.
Fue el momento a partir del cual los fragmentos distintos de lo finito e ilusorio sensorial (las canicas), obligaban a re-dibujar los límites de lo infinito. A tientas. En silencio.
Tampoco era cuestión de andar discutiendo cada paso. La intuición puede que sea el mejor bastón que hasta hoy conozca; con puntera de goma para no dar tropiezos, mango amoldado para descargar el peso de la peor duda, útil en todo caso, para llamar a un taxi en caso de lluvia (que las que mojan no son todas las que caen).
Desde entonces el hábito de decir. De ahí la necesidad de reinventar un mundo que ya no se amoldaba a las perezosas categorías lineales del pensamiento. – caminar de un lugar a otro eligiendo siempre distintos recorridos-. Categorías que a pesar de haber chocado en varias ocasiones contra el muro de una intuición seguían rigiendo las formas del ver y del crear.
Fue el ingreso a lo poético.
Comienza el primer acto: La Prefiguración.
Supongo que a partir de ese momento comencé a mirar hacia abajo (y eventualmente hacia arriba), tratando de encontrar mensajes ocultos. (camino por el lecho seco de un río juntando guijarros).
Había que reiniciarlo todo.
Re-educar era despojarse y ceñirse a la vez (nuevamente la concentración). ¿Qué era lo indispensable? ¿Qué cosas podía quitar de la maleta de viaje? ¿Qué cosas no? Una nueva luz iluminaba las cosas. Los objetos debían volver a ser nombrados.
Ahora poseía las claves para leer, y los hallazgos dejaban de estar teñidos de esa cuota de azar que hasta entonces significaba cuanto menos desprestigio. Dos más dos es cuatro…¿cuándo fue que nos comenzaron a engañar? –caminar sin rumbo para descubrir que sin embargo siempre llegamos a un lugar-.
Todo se iba entrelazando en una urdimbre que por reducción se expandía. Y las enormes piedras seguían cayendo silenciosa y plácidamente.
NOTA: Este texto es una caja.
La metafísica vino con el tiempo o, mejor dicho, con su nivelación. –caminar hasta que las piernas nos digan basta. Marcar el lugar con la exhalación de un profundo suspiro-.
Las imágenes, los objetos, las cosas, encerraban cifras (el cuatro); secretos ocultos en lo más profundo de sus apariencias y que reclamaban la posibilidad de manifestarse.
ACERTIJO: Un estanque de agua; en el fondo, restos de hojas entre piedras y plantas sumergidas; en el medio agua; en la superficie mi reflejo. ¿Qué nivel define al estanque? Completar sobre la línea de puntos ………………………………………………………………
Ya no bastaba el estrecho margen de los nombres. Las definiciones se resquebrajaban, y por entre sus hendiduras afloraban lazos de unión: entre las imágenes, los objetos, las cosas.
Otra urdimbre, nueva, religaba las partes. Se diseñaban nuevos mosaicos como el doble techo de San Marcos: el techo que se ve y el que se siente.
Todo sucedía sin porqué, como en los sueños, como a partir de los siete años, como todo.
Cuando reducir fue volver una cosa a su lugar o estado anterior, caí en la cuenta de que en ese camino de rigurosa selección que emprendía, no sólo estaba apartando/retirando/desuniendo objetos de un sitio para luego juntarlos/agruparlos/reunirlos en
otro, sino que además, al excitar las cuerdas de la distancia de tal modo, los objetos trascendían el nivel superficial de sus apariencias,, y emergían diáfanos y pulidos.
Si el verdadero viaje es el retorno, quizás ya haya comenzado mi regreso. Aunque siga esperando con ansiedad la llegada de cartas. En cierto modo es como si te llamaran. –caminar hasta un lugar lo suficientemente apartado como para que no puedan oírnos e intentar desde allí llamarnos. Esperar para ver quién de nosotros acude-.
Cuando lejos fue cerca, inicié la andadura con estas cajas. Apartar y reagrupar para decir.
A esto lo llamé la “expansión poética”.
La sincronía operaba de manera azarosamente eficiente (o eficientemente azarosa), fraguando nuevas imágenes a la ensoñación. Lo fragmentario era una basura en el ojo, una presbicia intelectual a la que siempre podrían recurrir quienes para ver bien necesitan que el objeto esté a mayor distancia que la real.
Sobre todo, eso: a mayor distancia.
De otro modo, el nuevo agrupamiento era como un río de montaña de aguas cristalinas, por el que peces diminutos remontaban sus meandros. El mío fue el arroyo López, pero puede ser cualquier otro para cualquier otro. (camino por el lecho seco de mí río).
¿Cuál es el empecinamiento del salmón? ¿Porqué tanto esfuerzo en comprender la perseverancia de una migración? ¿Y si siguiendo el consejo de Andrej regáramos todos los días a la misma hora? Seguramente sucedería algo, aún cuando el árbol no retractara su sequedad. Jugar con el azar es el único modo que conozco de hacer arte. Y la confianza (empecinamiento/perseverancia/obstinación).
La sincronía es el modo que tiene el mundo de operar.
El tiempo, a su tiempo, se nivelaba. Es el momento de adquirir el convencimiento de que las piedras siempre seguirán cayendo…
Convocando el pasado (y todos los posibles pasados adosados a cada objeto), el presente se volvía extemporáneo.
Es presente el momento
en el que estás leyendo esto.
También lo será
cuando algún otro lo vuelva a leer.
El ayer (los ayeres) rebasaba el simulacro de su olvido (¿descuido?, ¿desmemoria?) y así el futuro era, entonces, el límite de lo posible. –caminar un tiempo hacia delante, luego retroceder para descubrir la imposibilidad de llegar al mismo sitio-.
Antes los objetos, ahora el tiempo, todo confluía como en un laborioso proceso de destilación, para dar su néctar más concentrado. Apurar las últimas gotas de un líquido que ha quedado en tu mano o en otro recipiente (una caja).
El tiempo, sus categorías, dejaban de ser verticales y consecutivas (la ficción del orden) para desplomarse como un árbol talado por la evidencia: la gravedad de las piedras.
Y así yacía, vencida su altivez, en un sueño del que ya nunca volvería a erguirse.
Corrientes de dulce aire germinal, como el de una noche de Diciembre en Dakkar, que fluyen excediendo continentes y fronteras. Un suspiro no sólo es la primera etapa; suspirar es abrir una caja.
Ya todo era horizonte atemporal, como la línea de Ayacucho, la que señalaba los inicios y limitaba los finales, la que por primera vez (y ya no hubo segunda) reducía la representación del transcurso.
El arte es un ejercicio
que nos comprime en un borde:
y ya nunca levantarnos.
Los bordes son lugares de periferia. ¿Será de allí de donde vuelva a soplar el aire fresco que anuncie el fin de este largo y decadente otoño?
¿Y si el hueco fuese el soporte del verbo?
¿Y si guardar y apartar fuesen dos modos del mismo gesto?
¿Y si algo fuera capaz de representar presentando el todo?
¿Y si fueses una caja?……¿Cuál sería tu nombre?
Caja: pieza hueca para guardar algo en ella. Y algunas cosas más que se resisten a la palabra. (tal vez puedas oírlas)
-Un espacio vacío con límites físicos acotados y, por lo tanto, prestos a ser poéticamente trasgredidos.
-Un recipiente llamado a convocar espíritus.
-Una posibilidad de condensar horizontes para que, en el extremo de la no existencia, se expandieran indefinidamente por los laberintos de la memoria (de tú memoria).
Dar preponderancia a la simiente.
La caja acudió a la cita encarnando, de algún modo, la ilusión de la ausencia. La suma de todas las despedidas congeladas en un solo fotograma.
Ahora, pasado/presente/futuro nivelados. Todas las historias, todos los hombres, todas las cosas, de una vez y ninguna. Ese efímero instante de oscuridad que precede al comienzo de la proyección, cuando se contiene el aliento, o cuando al final del forcejeo, cede la vigilia y nos entregamos mansamente a un destino incierto del que confiamos despertar.
Un espacio acotado con límites físicamente trasgredidos (privilegios poéticos) que resume en su cavidad la posibilidad de vastos inicios, como desiertos. –caminar en el agua para descubrir que no siempre dejamos huella-.
Un viento modelador de dunas (las de tu mente) que condene a las rémoras al ostracismo de un reflejo eterno, para que emergiendo del suplicio clasificatorio, puedas contar tu puñado de granos de arena libremente, antes de que lleguen las lluvias y se lo lleven todo.
Se acercaba la hora. Fin del segundo acto.
Los objetos, precipitados a morar en un nuevo ámbito de ausencia (la caja), remontaban sus trazas para toparse con el sustento de sus olvidadas sombras, sus recuperadas espaldas.
Ausencia fue el origen.
Ausencia será el final.
Lo que físicamente no está, lo que no se ve, ni se toca ni se huele, puede sin embargo tener su presencia en la intuición. Desarrollar ese sentido implica dos tipos de movimiento: concentración y despojamiento. La ausencia es una presencia invisible que ilumina lo real y en ello se apoya, –caminar intentando perder nuestra sombra– es un hito en el tiempo al que tu mirar da inicio.
Abrir una caja puede ser una forma de hacer soplar el viento, o de anochecer.
Las cajas son llaves que introducen el universo de la intuición, son lazarillos para recorrer los senderos de la memoria (la tuya), son espejos que no muestran reflejo, son huecos de silencio, son puntos.
Y aparte.
Y si la ausencia –que no vacío- era la habitación de los objetos, el silencio era la condición necesaria para que se manifestaran.
-Siento pasos, en cualquier momento se abrirá esta puerta-.
-Silencio, ya están aquí-, y se abrió la caja.
Desde el fondo de los sueños
una voz,
queda y persistente,
suspende toda interrogación.
Comprimidos en un rincón,
atendemos a su reclamo
y nos dejamos ir
en su hueco.
El canto de las sirenas
no es un engaño.
Es el sonido de tu nombre
pronunciado en el silencio.
El silencio es el espacio que media entre dos orejas. O la puerta para ingresar en el abismo, donde la caída es horizontal (como cuando la nivelación de los tiempos).
Camino por el lecho seco de un río juntando guijarros, y es tanta mi aflicción que en mi mano se desvanecen sin dejar huella ni recuerdo. Aprieto puñados de aire, que también se escurren. Entre mis oídos.
Un silencio poblado de voces.
Quedas y persistentes…
Y a través de la ausencia, por medio del silencio, el caos en que una interpretación fenomenológica del mundo nos persuade de estar inmersos, se diluye.
Las visiones del bien y del mal, los estratos que dan origen a dualidades en apariencia irreconciliables, en las que una de las partes somete a la otra –quizás sin saber (o sin querer hacerlo por esto de la miopía del temor) que la espalda es la sombra de la cara-; la fragmentación como recurso simplista de lectura –leer uno de los cuentos de los hermanos Grima y descubrir quién es el bueno y quién es el malo en realidad-; la parcialidad como resultado de dicho registro; todo esto se diluye, como el aire. Entre mis oídos.
La cara es la serie del vudú a los conquistadores. ¿Qué hacer cuando nos duele el alma? (camino por el lecho seco de un río juntando cadáveres).
La espalda es la serie de los recintos poéticos. Para entrar. Y quedarse.
Resueltas las distancias, surge la imaginación como única clave para sumergirnos y, desde lo profundo, desvelar el misterio de la vida. Para volver a formar parte…
Bajo someras apariencias, un universo de sonidos yace aletargado esperando su hora (lecturas de vigilia en las que aprendimos a escuchar por encima de las palabras).
La vida de los objetos (ecos dormidos que aguardan confesión), las partes reunidas oyendo sus resonancias. Reunión del hoy con el hoy.
Paciente espera la vida el término del caos humano, su parcialidad y ceguera (por no querer y el miedo). La fragmentación es una excrescencia ociosa.
El hombre se ha ubicado en el umbral de los viajes sin retorno. Allí lo han conducido su prepotencia y su falta de respeto.
Aún, sin embargo, le pertenece el sueño.
Si no renuncia a su condición creadora, vendrán tiempos en los que deberá, otra vez, reinventar sus relaciones con las cosas, con el cosmos; tiempos en los que quizás acepte el desafío. O entre en su caja. (camino por el lecho seco de un río sembrando simientes).
Es hora de empezar.